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LA DESGRACIA DEL VOTO DE ARRASTRE, columna de Ricardo Ghibellini

Columnista

Ricardo Ghibellini H.

Actualizado el 24/08/2026, 07:27 a.m.

En Colombia, el elector distingue: una cédula para el Senado, otra para la Cámara y, si corresponde, una tercera para la consulta presidencial. En el Perú, desde 1963, todo va en un solo papel. El 12 de abril tuvimos cinco columnas, pero el hábito fue el mismo: marcar en línea, sin pensarlo demasiado.

En la elección general tiene alguna lógica: presidente y Congreso alineados ayudan a gobernar. Pero en las municipales no hay excusa: quien gobierna Lima no tiene por qué gobernar Miraflores, San Isidro, La Molina o Barranco. En 2022 los cuatro distritos fueron arrastrados por la ola celeste de Rafael López Aliaga, y ganaron los candidatos aunque había mejores opciones. No por méritos propios: por votos prestados, suficientes para que el peor terminara gobernando. Cuatro años después, la factura está a la vista.

Miraflores recibió a Carlos Canales, buen amigo pero poco amigable como funcionario: autosuficiente, prepotente y cuestionado. Apenas asumió clausuró Larcomar; este año cerró quince locales de Intercorp, en una actuación que huele a revancha por un contrato deportivo fallido. De paso, prohibió el deporte y la danza en los parques: todo un promotor de la vida saludable.

San Isidro tiene a Nancy Vizurraga: abandono de parques, “pleitos de peluquería” y la condecoración a su estilista —apenas muestras de cuatro años sin nada que aplaudir.

La Molina tiene a Diego Uceda, dueño de una colección de perlas: maltrato a propios y ajenos, en un distrito que fue de mal en peor.

Barranco se ganó a Jessica Vargas: la Contraloría la señala por falsedad ideológica y documentación falsa, y arrastra dos vacancias por ceder espacio público sin autorización del concejo. Ahora pide licencia para postular a teniente alcalde, siguiendo la enseñanza de su jefe: abandonar un cargo para buscar otro.

Cuatro distritos arrastrados por la misma marca. En ninguno se nota mejora: crece el tráfico, crece la inseguridad, los servicios no. Ninguno de los cuatro es López Aliaga. Son peores: el jefe, con toda su prepotencia, ganó su propia elección; ellos ganaron la de él, sin convencer a nadie por mérito propio.

El voto vino en combo; la incompetencia, también.

En octubre votaremos nuevamente. Una oportunidad para mejorar. Las encuestas de agosto ya ubican de nuevo a López Aliaga a la cabeza en Lima; si la historia se repite —Dios no quiera— no todo está perdido: cada distrito tendrá esa jornada una segunda oportunidad de elegir mejor de lo que ese señor insiste en imponer. Los cuatro distritos pagaron esa factura una vez; no hay obligación de pagarla nuevamente.

Piensa bien, vecino: en todos los distritos hay buenas opciones.

LA DESGRACIA DEL VOTO DE ARRASTRE, columna de Ricardo Ghibellini

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