Existen reglas malas, otras absurdas y luego están aquellas que, en nombre de una causa noble, terminan atropellando el sentido común. La nueva norma que permite expulsar a un futbolista por taparse la boca mientras habla con un rival pertenece a esta última categoría.
La IFAB estableció, para este Mundial, que, “a discreción del organizador de la competición, se podrá sancionar con tarjeta roja a los jugadores que se tapen la boca cuando encaren a un adversario”. La expulsión no depende de lo que se dijo, sino del simple hecho de cubrirse la boca.
No hace falta demostrar un insulto racista, ni una expresión discriminatoria. Ni siquiera una ofensa. El gesto basta. Es una inversión inquietante de la lógica con la que siempre funcionó el fútbol. Durante décadas se castigaron hechos: una patada, un codazo, un escupitajo, un insulto comprobado. Ahora se pretende sancionar una sospecha.
¿La norma nace para combatir el racismo? Excelente. Nadie sensato puede discutir ese objetivo. El problema aparece cuando el reglamento deja de perseguir la conducta y empieza a perseguir la posibilidad de la conducta. No es lo mismo. Porque un jugador puede taparse la boca para evitar la lectura de labios de las cámaras, para impedir que una conversación privada termine viralizada o, simplemente, por costumbre. La nueva regla convierte cualquiera de esas situaciones en un potencial delito deportivo. El árbitro ya no necesita saber qué ocurrió, le alcanza con imaginar qué pudo haber ocurrido.
Se trata de un precedente peligrosísimo. Las mejores normas son las que castigan con firmeza al culpable. Las peores son las que facilitan castigar al inocente. Si mañana aceptamos que un gesto vale tanto como una prueba, ¿qué impedirá que pasado mañana también se sancione una mirada, un ademán o una interpretación?
El fútbol tiene la obligación de erradicar el racismo, pero también la responsabilidad de no renunciar a un principio elemental de cualquier sistema justo: primero se demuestra la falta y después se castiga.
Cuando la sospecha empieza a valer más que la evidencia, el reglamento deja de impartir justicia para administrar presunciones. Y ese partido nunca termina bien.
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