La pedagogía moderna insiste en que la escuela debe enseñar a resolver problemas. Sin embargo, está organizada exactamente al revés: divide el mundo en Matemática, Comunicación, Ciencia, Historia, Arte e Inglés, entrega esos fragmentos durante años y espera que luego los estudiantes, por alguna misteriosa operación mental, sepan integrarlos para enfrentar la vida real.
La mente del estudiante no es una licuadora de áreas curriculares. La tuberculosis no es “Biología”: exige medicina, economía, estadística, psicología, antropología, comunicación y políticas públicas. Lo mismo ocurre con la corrupción, la inseguridad, El Niño o la pobreza. Los problemas aparecen integrados; el currículo los fragmenta.
¿Y si invirtiéramos la lógica? Podríamos dedicar medio tiempo a herramientas transversales: leer, escribir, argumentar, calcular, investigar, diseñar, manejar datos, colaborar, usar tecnologías e inglés. El resto podría organizarse alrededor de problemas y desafíos. Las disciplinas no desaparecerían: cambiarían de función. Sería el problema el que convocaría los saberes necesarios.
También tendría que cambiar el horario. Resolver problemas exige horas para investigar, discutir, experimentar, equivocarse y revisar hipótesis, no conocimientos que cambian cada 45 minutos al sonar un timbre.
La reforma pendiente es cambiar la pregunta: no “¿qué áreas debemos enseñar?”, sino “¿cómo organizamos la escuela para aprender a resolver problemas reales?”. Eso cambia radicalmente el currículo, el aprendizaje, la escuela y la ciudadanía democrática que el Perú necesita construir urgentemente.