La realidad ya no surge de lo vivido, observado o reflexionado, sino de aquello que los medios, las redes sociales y los algoritmos deciden mostrarnos. Como advertía José Pablo Feinmann, vemos una realidad editada, dramatizada y distribuida según intereses políticos, comerciales o ideológicos. Y si la educación no enfrenta este problema, deja a niños y adolescentes indefensos frente a la manipulación.
Hoy millones reaccionan más de lo que piensan. Se indignan, celebran o condenan a partir de titulares, videos breves o frases diseñadas para provocar emociones inmediatas. Poco importa si algo es verdadero o complejo; lo decisivo es que impacte rápido. Así, la política se vuelve espectáculo, la cultura mercancía emocional y la ciudadanía una masa de consumidores de estímulos.
Frente a ello, Feinmann proponía recuperar herramientas de resistencia intelectual: pensamiento crítico para cuestionar relatos; desconfianza sana hacia medios y redes; conocimiento de la historia para reconocer manipulaciones repetidas; defensa de la subjetividad para preservar la capacidad de pensar independientemente; y praxis, es decir, actuar para transformar la realidad en vez de consumirla pasivamente.
Educar hoy significa enseñar a pensar antes de reaccionar. Eso implica enseñar a comparar fuentes, detectar intereses ocultos, distinguir hechos de opiniones y resistir la presión de los algoritmos que premian la indignación. Esas son la verdadera comprensión lectora y razonamiento matemático de nuestra época.
En la medida que las pantallas moldean emociones y sustituyen la reflexión por reacción instantánea, resistir implica volver a pensar. Esa es la clave de la nueva educación.