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LAS DOS CARAS DE UN ÚLTIMO BAILE, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor

Juan Carlos Gambirazio

Actualizado el 18/06/2026, 08:03 a.m.

Han sido casi veinte años en los que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo parecían recorrer el mismo camino. Siendo completamente distintos, la necesidad de los medios por vendernos una rivalidad sumada al encanto de la gente por ese tipo de disputa hizo que ambos dominaran el fútbol desde orillas distintas. Batían récords con una naturalidad asombrosa y convertían cualquier debate en una elección imposible. Hoy ambos llegan al Mundial con trayectorias irrepetibles y edades similares. Sin embargo, basta observar un partido para descubrir que ya no ocupan el mismo lugar.

Messi debutó con un triplete frente a Argelia. Cristiano dejó una actuación discreta en el empate de Portugal ante a la República Democrática del Congo. La diferencia, sin embargo, no estuvo únicamente en los goles. Estuvo en la manera en que cada selección convive con su máxima figura.

Argentina juega para Messi. Hace tiempo comprendió que ya no tiene al futbolista que recorría cincuenta metros con la pelota, pero sí al mejor intérprete del juego. Todo el sistema parece diseñado para acercarle el balón al punto exacto en lo que lo único que tiene que hacer es decidir, para compensar lo que el tiempo le quitó y potenciar aquello que conserva intacto. No es dependencia; es inteligencia colectiva.

Portugal transmite una sensación antagónica. Da la impresión de que el equipo todavía intenta acomodarse alrededor de la grandeza histórica de Cristiano, como si existiera un compromiso tácito de seguir buscándolo porque su nombre pesa tanto como su legado. En ciertos pasajes, el engranaje parece forzarse para responder a ese pasado, aunque el presente reclame otras soluciones.

La idea no es cuestionar a Cristiano, su carrera forma parte, desde hace años, del patrimonio del fútbol. Tampoco se trata de establecer quién fue mejor. La verdadera diferencia parece estar en la manera en la que una selección administra el paso del tiempo sobre su mayor figura.

Tarde o temprano, todas deberán enfrentar ese desafío. Francia con Mbappé. España con Lamine Yamal. Inglaterra con Jude Bellingham. Porque las leyendas no son eternas, pero las decisiones que se toman alrededor de ellas pueden prolongar su influencia o acelerar su ocaso.

Quizá esa sea hoy la mayor distancia entre Messi y Cristiano. Uno sigue siendo el centro alrededor del cual gira un equipo. El otro parece cargar, además del rival y de los años, con el peso inmenso de su propia historia.

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LAS DOS CARAS DE UN ÚLTIMO BAILE, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor

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