De todo lo visto el último día del debate organizado por el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), llamó la atención lo tremendamente limitado que puede ser el candidato de Alianza para el Progreso (APP), César Acuña, quien de principio a fin se dedicó a leer de paporreta sus “propuestas” que evidentemente le habían escrito, lo cual encima hacía muy mal, como si fuera un alumno primarioso al que minutos antes de salir al público le entregan un texto que ni entiende.
Hasta el remate final de su exposición, que se entiende son unas palabras que salen de alma y el corazón para tratar de convencer al elector de que su llegada a Palacio de Gobierno es la mejor opción para un país en constante crisis, fue leída de la peor manera, tanto así que hasta daba vergüenza ajena por tratarse de un hombre que ha hecho una inmensa fortuna como fundador y dueño de universidades que aunque, eso sí, son de dudosa calidad, entregan títulos a nombre de la Nación.
El dueño de APP tuvo una lamentable performance en la última fecha del debate, y eso que debería estar muy agradecido con sus rivales Jorge Nieto y Alfonso López Chau, con los que compartió exposición. Ambos pudieron destruirlo, dejarlo en ridículo ante los ojos de todos los peruanos. Argumentos había de sobra. De haberlo hecho, Acuña no hubiera tenido mayores recursos para responder y defenderse, que es lo que hace todo político medianamente capaz tendría que hacer.
Difícil entender cómo un hombre de más de 70 años, que postula por tercera vez a la Presidencia de la República, que desde hace 25 años ha ocupado cargos de congresista, gobernador regional y alcalde, que es dueño de un partido que coloca autoridades públicas, que ha obtenido un grado de magíster acá en el Perú y tiene un doctorado por una prestigiosa universidad española (aunque en ambos casos con tesis señaladas por plagio) y que ha hecho una gran fortuna, sea capaz de mostrarse tan limitado, tan elemental.
No tengo la menor duda de que acá tienen mucho que ver los ayayeros de los que suele rodearse Acuña, aquellos que por conservar su puesto de trabajo en sus universidades o en las entidades públicas que maneja, o por asegurarse un buen número en la lista de aspirantes el Congreso, le hacen creer que es una luminaria de la política, el prohombre que el Perú necesita para superar sus problemas, el Zeus que con el voto de la gente bajará del Olimpo para imponer orden en este país siempre al borde del abismo. Pobre.