Uno quisiera que las cosas que ama sean siempre iguales y, probablemente, en esa necesidad reposa aquello que llamamos amar. Al fútbol ya no lo vemos como antes, al mundo no lo vemos como antes, tampoco al país. Sin embargo, ahí están otra vez los grupos de WhatsApp, las discusiones inútiles, los álbumes, los recuerdos, la emoción descolgándose del alma, como forzandonos a creer que aunque existió un tiempo pasado que siempre será mejor, el fútbol sigue siendo lo que siempre fue aunque ya no lo sea más. Hay una calidez extraña en eso, incluso ahora.Casi nada logra unirnos demasiado. Todo dura poco: la indignación, la alegría, la memoria. El fútbol, en cambio, todavía consigue detener por instantes el ruido del mundo, disfrazarlo. O al menos nos gusta creer que es así porque cada día se parece más a aquello que ocurre fuera de la cancha: dinero obsceno, ansiedad permanente, personajes hechos marca, patriotismos instantáneos y opiniones fabricadas bajo los parámetros temporales que las redes exigen.Este mundial empezó mucho antes de que México y Sudáfrica se enfrenten en legendario Estadio Azteca, lo hizo con las componendas políticas en torno a su organización y ese compromiso digital tóxico de tener una opinión sobre absolutamente todo.
Y aun así, la pasión se hace un lugar. Tal vez porque el fútbol se aferra a conservar algo que la realidad pierde con prisa: la posibilidad de sorprendernos emocionalmente, incluso cuando la sorpresa ya haya dejado de sorprender. En un mundo en el que cada crisis se torna inevitable y cada absurdo se viste de rutina, donde la política es una secuencia de sobresaltos que no sobresaltan a nadie, la pelota se esfuerza por seguir rodando. En un país atrapado entre el cansancio y la resignación, donde cambian los nombres, pero el desconcierto se sostiene, el fútbol y su fiesta artificial sigue siendo el mejor de los escapes. Porque solo en ese escenario, aunque se torne cada vez más comercial, nos encontramos con aspectos de la humanidad que ya parecen caducos: la redención, el amor propio y, por encima de todo, la gloria.
Quizá por eso este Mundial, que será el más largo de la historia, adquiere una dimensión distinta. No porque resuelva nada —el fútbol nunca resolvió nada realmente— sino por esa pausa emocional colectiva, esa tregua breve que nos permite sentir al mismo tiempo, recordar que los hermanos son amigos y los amigos hermanos, que los hijos y los padres se rigen por el afecto y que la complicidad puede ser una versión atrevida, pero pura como ninguna, del amor.