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PAUSAS DE HIDRATACIÓN, CHISPAZOS POBRES DE BRASIL Y EL ESTRENO DE ALEMANIA, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor

Juan Carlos Gambirazio

Actualizado el 14/06/2026, 01:32 p.m.

Tal vez la imagen que mejor explica este Mundial no sea la calidad de los goles, la riqueza táctica ni el brillo de sus figuras. Quizá sea esa escena de futbolistas detenidos a mitad del partido con la excusa de rehidratarse, mientras entrenadores y asistentes aprovechan para replantearlo todo. Eso no es el fútbol. Esas pausas son el reflejo de lo que el juego termina siendo cuando el exceso de control invade incluso sus momentos más espontáneos: impulso cortado, instinto enfriado, la necesidad de pensar demasiado aquello que debería fluir.

El empate entre Brasil y Marruecos fue, hasta ahora, el mejor partido del torneo, pero también confirmó que en la búsqueda de la perfección el fútbol está perdiendo algo esencial. Hubo emoción, intensidad y buen juego, aunque siempre bajo la sombra de reglas y mecanismos que impiden sostener durante mucho tiempo esa sensación de vértigo que hizo de este deporte lo que siempre fue.

El gol de Vinicius fue un destello de identidad para un Scratch que nunca logró transmitir aquella vieja sensación de amenaza permanente. Hubo un tiempo en que el fútbol brasileño parecía una fiebre; ocurría antes de ser explicado. Hoy todo parece requerir una pausa, una corrección táctica o una indicación desde la banda. Incluso el caos parece administrado.

Pero sería injusto reducir todo a una decadencia brasileña. Marruecos no jugó como una sorpresa, sino como uno de tantos equipos que entendieron antes que las viejas potencias hacia dónde se movía el fútbol moderno: intensidad física, disciplina táctica y ninguna reverencia histórica. El mundo ya no mira a Brasil con miedo; lo mira como a un gigante vulnerable.

Por eso también resulta hasta cierto punto simbólico que Alemania debute hoy frente a Curaçao. Hace algunas décadas selecciones así parecían imposibles en un Mundial. Ahora forman parte de un mapa mucho más amplio, más democrático y también más uniforme, donde el talento individual convive cada vez más condicionado por estructuras, métodos y controles.

Tal vez el problema no sea que Brasil, o las grandes potencias, hayan cambiado demasiado, sino que el fútbol entero aprendió a detenerse demasiado. Y quizá por eso seguimos esperando algo imposible cada vez que esos gigantes entran a una cancha: que durante algunos minutos el juego vuelva a desobedecer.

PAUSAS DE HIDRATACIÓN, CHISPAZOS POBRES DE BRASIL Y EL ESTRENO DE ALEMANIA, columna de Juan Carlos Gambirazio

Periodista y editor

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