Un pronóstico climático debería ayudarnos a tomar decisiones antes de que ocurra el evento. Por eso, cuando escucho que existe probabilidad de alcanzar una magnitud extraordinaria entre septiembre, octubre, noviembre, diciembre o enero, mi primera pregunta es sencilla: ¿y qué hacemos con esa información?
El ENFEN sostiene que El Niño Costero tendría su mayor probabilidad de alcanzar magnitud extraordinaria térmica entre septiembre de 2026 y enero de 2027, mientras El Niño en la región sería muy fuerte durante ese periodo. Pero aparece algo importante: el propio ENFEN recomienda adoptar medidas considerando la evolución de El Niño 2026-2027 y la temporada de lluvias septiembre 2026-abril 2027. Entonces, ¿pronosticamos El Niño o simplemente esperamos las lluvias?
Cuando hablamos de lluvias, el comunicado señala condiciones sobre lo normal en la costa norte y posibles episodios moderados a fuertes desde noviembre. Para el verano prevé precipitaciones superiores a los promedios históricos en sectores de la costa y sierra norte.
En esas fechas estaremos, precisamente, en nuestra temporada de lluvias. Y eso cambia el enfoque: la temporada ya constituye un riesgo conocido. El Niño puede modularla, intensificarla o modificarla, pero no crea por sí solo nuestras lluvias.
Una cosa es pronosticar la temperatura del océano y clasificar El Niño mediante índices. Otra, mucho más difícil y útil, es determinar dónde lloverá, cuándo, cuánto y con qué impacto.
Una lluvia estacional puede destruir una ciudad vulnerable sin necesidad de ser extraordinaria.
Porque si cualquier lluvia del verano termina demostrando que el pronóstico acertó, no estamos anticupándonos al clima. Estamos esperando que llueva para tener razón.