El ruido electoral crece con cada día de campaña, pero no logra acallar el estruendo mucho más real y doloroso de las balas que siguen cobrando vidas en el país. Mientras los discursos se multiplican, la violencia avanza sin tregua. El reciente ataque a un bus de la empresa Vipusa en Puente Piedra, Lima, que dejó una pasajera fallecida y varios heridos, no es un hecho aislado, sino parte de una cadena de tragedias que incluye asesinatos en Sullana, Piura, y una jornada sangrienta en Pisco, Ica, donde cinco personas murieron en un solo día. La violencia ya no distingue espacios ni víctimas: se ha vuelto cotidiana.
Lo más preocupante es que este escenario persiste a pesar de los estados de emergencia y de las reiteradas promesas oficiales de recuperar el control. Las medidas adoptadas no han logrado contener una criminalidad que parece adaptarse y expandirse con mayor rapidez que la respuesta del Estado. Hoy, la sensación de indefensión es generalizada: cualquiera puede ser víctima, en cualquier lugar y a cualquier hora.
En paralelo, los candidatos presidenciales despliegan propuestas que, en muchos casos, suenan más a consignas que a soluciones concretas. Se anuncian planes ambiciosos, estrategias integrales y reformas estructurales, pero pocas veces se explica cómo se ejecutarán ni con qué recursos. La inseguridad se ha convertido en un tema central de campaña, pero también en un terreno fértil para la demagogia.