En “Todos piensan que estoy muerto” (Revuelta Editores), el escritor y periodista Roberto Quiroz convierte una historia personal y familiar en una novela atravesada por la memoria, la amistad, la ausencia y el amor. La historia tiene como telón de fondo la revolución aprista de Trujillo de 1932, un episodio que el escritor comenzó a investigar después de recuperar una imagen de su propia adolescencia: un hombre desconocido que vivía en la azotea de la casa de su abuelo en Jesús María.
La novela nació también de una pregunta que atraviesa la historia: ¿qué estamos dispuestos a hacer por amor? Quiroz conversó con Correo sobre el origen de su libro, la memoria histórica, los ideales políticos que se han perdido y su particular manera de entender la literatura.
“Creo que la memoria respecto a lo que nos pasó específicamente en ese momento, que fue terrible, se ha olvidado de alguna forma o quizás se ha desmenuzado. Había un ambiente de solidaridad, de compañerismo, de intentar que las cosas fueran más justas”, comenta el autor.
¿Cómo nace la idea de situar la novela en Trujillo y en la revolución de los años treinta?
Todo empieza cuando llego a Lima desde Arequipa. Yo era adolescente y venía con mi mamá y mis hermanos. Mi mamá se había separado de mi papá. En la novela, el padre del protagonista se suicida, pero en la vida real no. Hay una equivalencia en el sentido de que yo era un adolescente un poco perdido, sin un padre presente, entrando a un contexto distinto: Lima, una ciudad tremenda frente a Arequipa, que en esa época era una provincia.
Mi abuelo nos dio cobijo en su casona de Jesús María, una casa grande, misteriosa. Y, como yo era un chico lleno de curiosidad, lo primero que hice fue subir a la azotea.
Subí de noche. Me conseguí la llave, subí las escaleras de piedra y llegué a una especie de cabañita construida con madera. Me acerqué y miré por una ranura. Había un hombre mayor leyendo, con una vela al costado, sentado sobre un montón de libros. Me quedé fascinado con esa imagen.
Mi abuelo era aprista. Yo no sabía nada del hombre que estaba arriba. Después me enteré de que también era aprista.
¿Y cuánto tiempo pasó hasta que esa imagen regresó a tu vida y se convirtió en una novela?
Pensé que sería fácil. Empecé una primera novela y fue un desastre. [...] Hasta que un día, durante la pandemia, me desperté y sentí que el hombre de la azotea estaba conmigo.
Estábamos aislados, encerrados, sin contacto con otros seres humanos. Y entonces empecé a relacionar cosas de mi propia historia. Mi mamá nació el día de la fraternidad aprista, el día del cumpleaños de Víctor Raúl Haya de la Torre, en 1932. Mi abuelo estaba en la clandestinidad. Y yo me preguntaba: ¿por qué no estuvo en el nacimiento de su hija?
Mi abuelo nunca me contó que había estado en la clandestinidad. No quiso hablar de eso. Pero yo empecé a pensar que quizás el hombre de arriba era su compañero, que quizás ambos habían estado en la toma de Trujillo.
Y cuando tuve esa idea, la historia apareció completa. Cuando vi el final, me di cuenta de que ahí estaba la novela que estaba buscando.
¿Qué encontraste cuando comenzaste a investigar ese episodio histórico?
Cuando tuve la idea de que mi abuelo había estado en la clandestinidad y que había un hombre viviendo en el techo, empecé a investigar qué había ocurrido en Trujillo en 1932.
Comencé a revisar libros, archivos e información en internet y poco a poco esa historia se me reveló como algo fascinante.
En Trujillo, unas 180 personas —campesinos, profesores y otros habitantes— tomaron un cuartel que estaba lleno de armas. Y había chicos del colegio San José acompañando esa toma.
Entonces pensé: podrían haber sido esos chicos mi abuelo y el hombre que estaba arriba. ¿Qué pasaría si unos escolares entraran, casi como jugando a la guerra, en medio de un acontecimiento que realmente fue una guerra?
Ahí empecé a investigar más y descubrí el bombardeo, que es un episodio que poca gente conoce. Todo aquello me pareció fascinante porque es una parte de nuestra historia que ha quedado bastante olvidada.
Tú también tienes una larga experiencia como periodista. ¿En qué momento se decide cuánto de realidad y cuánto de ficción entra en una historia?
Es difícil determinarlo. Ahora estoy escribiendo una novela sobre Segisfredo Luza, el llamado padre de los psicosociales. Es un personaje siniestro, pero lo combino con mi experiencia como periodista. Fui periodista durante más de 15 años y una parte de esa historia cuenta mis experiencias en los años noventa, con todos los cambios que ocurrieron durante el gobierno de Fujimori y el terrorismo.
En medio está la ficción, que juega para un lado y para el otro.
Creo que sin la experiencia personal uno no podría construir ni sostener una historia. Las historias puedes empezarlas, pero ¿cómo las sostienes?
Lo que necesitas es encontrar algún conflicto de tu propia historia que no hayas resuelto.
En “Todos piensan que estoy muerto” hay un conflicto. Beltrán, el personaje principal, no tiene padre. Ha perdido a su padre y está entrando en una sociedad que no conoce. Los chicos del colegio de Trujillo tampoco tienen padre.
Entonces es una novela que, de alguna manera, quiere resolver un conflicto con el padre y también un conflicto de amistad. Eso me ayuda a mantener la historia, porque Beltrán está permanentemente preguntándose cómo resolverlo. Al final se da cuenta de que se resuelve de otra forma: con el amor.
¿Entonces el amor es el centro de la novela?
El amor, para mí, es la tesis central de este libro. El amor sirve para resolver cualquier conflicto.
Ahora, si el amor justifica cualquier acto, incluso el más infame, eso lo tiene que decidir el lector. Que lea la novela y me diga después si el amor justifica o no cualquier cosa que uno pueda hacer.
Pero sí creo que necesitas un conflicto que sostenga tu historia para poder llegar hasta el final, y ese conflicto nace muchas veces de tu propia historia personal.
La novela también trabaja mucho con la memoria familiar y la memoria histórica. ¿Crees que hemos olvidado esa época?
Creo que la memoria respecto de lo que nos pasó específicamente en ese momento, que fue terrible, se ha olvidado de alguna forma o quizás se ha desmenuzado.
El partido aprista tenía buenas intenciones. Hay un dicho que dice que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, pero recordemos que estamos hablando de la década del treinta. Ya había ocurrido la Revolución Rusa, estaba también la Revolución China y existía todo un optimismo, una idea heroica de que el mundo podía cambiar mediante una revolución, a través de un grupo de soñadores que intentaba tomar el poder.
No justifico la violencia, obviamente. La violencia nunca es buena. Pero sí creo que había un ambiente de solidaridad, de compañerismo, de intentar que las cosas fueran más justas.
Después de esa tragedia tremenda, en la que ambos bandos cometieron excesos espantosos, fuimos dejando de lado la idea principal de aquella revolución o de cualquier revolución: que tenemos que tener más equidad en una sociedad.
Creo que hemos olvidado que no debemos llegar a la violencia, que las cosas deberían encontrar un lugar antes de que la olla a presión estalle. Quizás una historia como esta pueda contribuir a recordarnos que nada se consigue a través de la violencia.
¿Qué crees que se ha perdido de los ideales políticos de aquella época?
Los apristas de antaño, como mi abuelo, eran apristas puros. No querían nada para ellos. Mi abuelo siempre fue una persona muy generosa. Tanto así que tenía alojado a un hombre en el techo de su casa y a cualquiera que pasaba le daba posada.
Creo que esos eran los ideales de aquel entonces y también de buena parte de la izquierda de esa época. Y de buena parte de la derecha también, hay que ser justos.
Fernando Belaúnde, por ejemplo, cuando funda Acción Popular, tenía esos mismos ideales. Creo que nos hemos convertido en una sociedad muy egoísta.
Ahora despreciamos los sueños y a quien intenta cumplirlos o compartirlos. Creo que hoy compartir está mal visto. La competencia es lo central. Si no compites, eres un idiota o un fracasado.
Se ha perdido la idea de construir una sociedad más justa. Hoy todo es competencia, quién tiene más, quién se viste mejor, quién se pone más bótox.
¿Crees que los políticos de hoy han perdido también ese ideal de servicio?
Creo que ahora los políticos llegan diciendo que van a beneficiar al pueblo, pero el primer integrante del pueblo que van a beneficiar es él mismo.
Hay una idea de llegar al poder para beneficiarse a uno mismo, a los amigos y a la familia.
Antes existía, con todos sus errores, la intención de hacer política para beneficiar a los más necesitados. Incluso en la derecha de aquella época había una intención que hoy veo muy poco.
¿Entonces consideras que una novela como esta puede ayudar a recuperar esa memoria?
De alguna forma. Pero tengo una idea más modesta sobre escribir.
Yo no escribo pensando: “Voy a hacer que la gente se acuerde de algo”. Escribo pensando: espero que se diviertan y espero que se emocionen.
Si hay algo que valoro y rescato del arte es que me emocione.
Yo no concibo el arte sin emoción. Cuando hay algo muy abstracto, muy erudito, pero sin emoción, modestamente creo que es un arte al que le falta algo.
Con cada libro que escribo intento emocionar al lector, que se sienta tocado, que quiera seguir leyendo y saber qué pasó. También quiero que se divierta, que la pase bien, que se suba al barco y se meta en la casa conmigo.
Y si de ahí rescata alguna memoria histórica o siente que le estoy dando algún mensaje, bienvenido sea.
Si tuvieras que definir la novela en una sola frase, ¿cuál sería?
Creo que sería: ¿Qué cosa terrible podrías hacer por amor?
¿Qué es lo que haces por amor? ¿Hasta cuánto puedes permitir por ello? ¿Cuánto puede justificar el amor? Eso no lo vas a saber hasta que termines la novela.
SOBRE EL AUTOR
Roberto Quiroz Morote nació en Lima en 1960. Su trayectoria profesional ha estado vinculada al periodismo, la comunicación y la escritura. Trabajó en medios como La Prensa y CARETAS, donde realizó reportajes y entrevistas, además de desempeñarse posteriormente como comunicador y asesor político.
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