La aristocracia limeña llegó a Mollendo el 30 de diciembre de 1870, un día antes de la inauguración del ferrocarril, a bordo de tres buques peruanos y uno fletado. Por primera vez, un selecto grupo de diplomáticos, ministros, políticos y militares pisaron esta tierra inhóspita, cuyo nombre no les era familiar. Entre ellos venía el mismísimo presidente Balta con su prominente bigote rizado.
Los señores -en traje oscuro, sombrero alto y bastón- paseaban por la pequeña plaza exhibiendo a sus hermosas mujeres con el pecho inflado. Pero ellas -sofocadas por el corpiño y sus largas faldas de encaje- miraban el pueblo con desdén mientras se acomodaban el sombrero. Para las mujeres de su clase, Mollendo no tenía atractivos ni entretenimiento que ofrecer, pero sus maridos debían gestar negocios para seguir manteniendo el estatus.
VIAJE. A la mañana siguiente, la estación de trenes amaneció abarrotada de gente. Ricos y pobres, en un mismo lugar, tenían los ojos clavados en el padre Agustín Urías, quien había sido traído desde el puerto de Islay para derramar agua crismática sobre aquellas “raras máquinas”. Cuando terminó su aletargada ceremonia, finalmente los apellidos más importantes del país ocuparon sus asientos en los lujosos coches y emprendieron el primer viaje sobre rieles a la ciudad de Arequipa. La caravana estaba conformada por seis locomotoras con sus respectivos ténderes. Cada una de ellas tenía un nombre: El Conquistador, Tambo, Mejía, Inca, Arequipa y La Mollendina. En esta última viajaba el presidente Balta acompañado de newyorkino Henry Meiggs, artífice de la proeza ferroviaria.
INGENIERÍA. Henry Meiggs arribó a Mollendo por vía marítima en 1886, trayendo consigo a 3 mil peones chilenos. Por aquellos años, su nombre adquirió reconocimiento a nivel mundial por los kilómetros de rieles tendidos bajo su mando. Su último trabajo, precisamente, había sido la construcción de la vía férrea de Valparaíso. Desde allí venía Meiggs -sin tiempo para descansar- a emprender una nueva empresa encomendada por el Gobierno Peruano.
Lo primero que vio en Mollendo fue una tierra desierta, con apenas un puñado de casitas precarias. Cualquier otro se habría desanimado de inmediato, pero él halló oportunidades donde nadie las veía. De hecho, propuso al presidente Balta que se deshicieran del viejo puerto de Islay y construyeran uno nuevo en Mollendo, donde según él habían mejores condiciones geográficas para ello.
Lo primero que hizo Henry Meiggs fue mandar a traer madera de pino desde Oregon, Estados Unidos, por su impresionante resistencia. Así, mientras se construía el puerto, se armaba también el ferrocarril. No obstante, después de un largo tramo avanzado, a los peones chilenos se les hizo demasiado agotador trasladar la madera y el hierro desde la playa. Entonces, Meiggs ordenó que trajeran la primera locomotora del sur peruano. Desde su llegada, La Mollendina ayudó a cargar los materiales de su propia linea férrea, avanzando de tramo en tramo. Tres años tardó unir Mollendo con Arequipa en 172 kilómetros de ferrocarril. El viaje, que normalmente se hacía con carruaje por dos días y una noche, se redujo a solo 8 horas.
MOLLENDO. En ese tiempo, según el historiador mollendino Enrique Chávez Jara, la ciudad de Mollendo se convirtió en un lugar próspero. Al menos 1500 familias habitaron esta tierra inhóspita, en su mayoría migrantes de Estados Unidos, España, Italia, Francia e Inglaterra. Todos ellos, de acuerdo a sus costumbres, construyeron un pueblo hermoso, cuyas casas republicanas eran una copia perfecta del viejo oeste.
El día del viaje inaugural, el presidente Balta y su prominente bigote rizado fueron testigos de la hermosura y el progreso de Mollendo, de lo que fue y ya no es.

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