En Semana Santa decenas de personas suben al Cerro de la Juventud, en Chimbote, como parte de la tradición.
Cada peregrinación esconde un sin número de secretos en los rostros de las devotos.
VIDA ESPIRITUAL. La vida de Eugenia Velásquez Carrillo, quien vive en el pueblo joven Porvenir, gira entorno al amor de Jesucristo.
A diferencia de años anteriores, por primera vez llegó ayer a la Iglesia de las Catacumbas con un solo propósito: pedir un milagro al hijo de Dios.
“En mi juventud nunca he podido subir al cerro, pero ahora lo he logrado junto a mi hija y mi ahijada”, cuenta la mujer.
En medio de la liturgia del padre, otras personas, entre ellas adolescentes, permanecen cabizbajos entre murmullos y risas.
Pese a la distracción, hay otro grupo atento a recordar el significado de las siete palabras de Cristo en su Vía Crucis, en Chimbote.
Así es como Eugenia Velásquez resalta en la multitud en Viernes Santo, por su silencio y su mirada al vacío. “Estoy pidiendo (al todopoderoso) que perdone mis pecados, y que siempre ilumine el camino de mi familia. Hay otra petición, pero me la guardo para mí”, narra.
En cambio, Estelita Miranda Pérez desde hace 8 años escala hasta la cima del cerro por costumbre.
“Soy católica y vengo aquí a escuchar la palabra de Dios. Solo por eso lo hago. Hoy por suerte vine con una vecina”, contó.
Mientras el sacerdote continúa con la lectura bíblica, otro cura escucha los pecados de los escolares, quienes hablan bajito para evitar que los demás se enteren de la plática.
Alrededor de 200 chimbotanos invaden el espacio parroquial, para luego retirarse camino a las catacumbas. Después se toman fotografías y buscan la sombra para comer sus refrigerios a base de pescado y harina.
“Mis sobrinas me han rogado para que les acompañe. Así que no pude decir que no por Semana Santa”, declara el coishqueño Mario Luna Rafael.
ACCIDENTES. El reloj marca las 8:30 de la mañana y el incandescente sol saluda a los nuevos visitantes del Cerro de la Juventud.
Por esta festividad, los ambulantes hacen su agosto con la venta de combinado, agua mineral, refresco, causa, golosinas, raspadillas y hasta arroz con pollo.
Todos los años de Viernes Santo es una oportunidad para el comerciante Carlos Manayay Vilcabana.
“A las 5:30 de la mañana vengo con mi familia, para ganar unos soles con la venta de agua mineral y refresco. Vivo en el cerro San Pedro así que rápido nada más llego hasta la (carretera) Panamericana Norte”, afirma.
A solo unos metros, Lorenzo Jara Neponoseno, natural de Moro, tiende una manta en el suelo, para exponer sus gorras y sombreros. “Siempre en Semana Santa vengo temprano a Chimbote, a pesar que mi casita está en Moro. Hoy termino de vender todos mis productos. Solo que el sol aburre, pero igual tengo que seguir aquí”, expresa.
La fila de personas que a lo lejos les hace ver como hormiguitas continúan ascendiendo.
Pero la joven Melissa Mejía Salinas empieza a sentir dolores en el estómago a causa del desgaste físico que demanda acompañar a los fieles, según el reporte de Seguridad Ciudadana de Chimbote.
No hubo otra incidencia de gravedad, por esta vez en el concurrido lugar que recibe a cientos de adolescentes, adultos, ancianos y niños.
LAZOS DE SANGRE. Son las 9 de la mañana y Marco Salinas Nauca se amarra una soga a la cintura, para jalar el triciclo de su hijo de un año.
“El objetivo es llegar a la cruz, y se me ocurrió hacerlo de esta manera. De esta manera ya no me canso mucho en la subida”, confiesa.
Con tal de evitar una tragedia, su esposa vigila desde atrás al padre de sus dos hijos.
“Después de siete años vuelvo a subir. Lo que pasa es que mi hijo mayor estaba muy pequeño como para atrevernos a emprender la aventura”, considera mientras se mezcla con los otros fieles.
En diferentes puntos la Policía de Chimbote resguarda con apoyo de los serenos el Cerro de la Juventud.
Una ambulancia del Gobierno Regional de Áncash transita por el difícil camino.
Hasta el cierre de la edición, aún un grupo de personas no descendía.

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