Es medio día en Cusco, luego de hacer mil cosas 'aprovechando la mañana', con la Michichay terminamos en la avenida El Sol que a esa hora sufre de vendedores, turistas, cambistas y demás fauna local. Una de esas raras lluvias con sol acaba de cesar y con el ánimo de complacer nuestros estómagos y casi hablándome al oído, me dice
-Vayamos a comer un costillarsito -me dice la Michichay.
Su rostro tiene una mirada dulce y cómplice, abordamos uno de los miles de taxis que congestionan la ciudad y enrumbamos hacia el tradicional barrio de San Blas por una empinada cuesta llamada Chiwanpata y allí en el número 476 se ubica una de esas picanterías que sobreviven a la vorágine de una ciudad cada vez más cosmopolita. La entrada es un modesto portón que nos conduce a un patio donde hay tinas de ropa sucia y un cordel donde cuelgan frazadas aun húmedas… la cocina se halla al costado de este patio y una pequeña mujer nos recibe con amabilidad.
Luego de saludar a la atenta propietaria, la señora Bertha Paucar, nos instalamos en una de las seis mesas que hay en la pequeña sala sin ventanas
-Vámos a la esquina ahí es mejor -susurra mi warmicha.
Tres jóvenes con apariencia de clientes fijos de la picantería disfrutan una cervezas cusqueñas de trigo, la decoración del lugar es muy simple, unos almanaques pasados y unos pequeños cuadros con motivos religiosos que dan el toque personal a este interesante lugar, por lo demás se nota la limpieza y los buenos olores no tardaron en llegar desde la cocina.
-¿Que se van a servir? -pregunta una niña de trenzas y blanquísimos dientes.
No lo pensamos dos veces…
-¡Dos costillares por favor! -gritamos casi en coro
Y en poco tiempo unos humeantes y pequeños tazones llenos de caldo llegaron a nuestra mesa, la verdad es que fueron un excelente aperitivo, estábamos casi por terminar cuando llegó nuestro pedido, la presentación del plato era bastante sutil pero contundente… unas apetecibles costillas de cordero asado, una porción de papas amarillas, arroz, una ensalada de tomates con cebolla y ají con huacatay era todo lo que acompañaba este exquisito plato tradicional de Cusco.
La carne no podía ser más sabrosa como tierna, las papas casi algodonadas se deshacían en la boca, el arroz muy bueno también y en la cantidad adecuada, la magia envolvente del huacatay que combina tan bien con el poderoso ají, hacían que en nuestras bocas haya esa explosión de fuegos artificiales de sabores tan nuestros pero a veces olvidados por la invasión de cocinas foráneas, por suerte estas picanterías todavía subsisten al tiempo con sus fogones ardiendo llenos de historia y sabor peruano.
Esperen una siguiente crónica chicuchas, les prometo volver más recargado... y para que vayan aprendiendo un poco de nuestro lindo quechua:
*Warmicha: Mujercita.
*Chicuchas: Amigos.

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