Augusto Effio Ordóñez (Huancayo, 1977) es sin duda el mejor cuentista que ha parido esta región y cuya obra destila precisión y una estética de lenguaje que atrapan de arranque. Este huancaíno afincado en Lima habla en esta entrevista sobre su obra y la lucha diaria para robarle un tiempo a su trabajo para la literatura.
La etiqueta de “escritor de concurso” que te pusieron ¿la creaste tú, en realidad escribes solo para concursos?
Es una idea con la que he jugado todos estos años y, quizá, yo mismo me encargué de difundir esa “etiqueta” más de lo necesario. Lo que reafirmo es que en el Perú escribir para concursos es la alternativa precaria a tener un editor, que son lujos del primer mundo editorial. Presentarte a un concurso ordena tu trabajo, te exige cumplir con plazos, te obliga a abandonar un texto, a tentar suerte con otros géneros y, de alguna manera, asegura cierta (aunque escasa) difusión de lo que escribes. No escribo sólo para concursos, pero sé apreciar los beneficios de estar siempre atento a los concursos que todos conocemos.
¿En algún momentos te has arrepentido de no haber estudiado literatura o alguna carrera a fin al mundo literario en lugar de Derecho?
Nunca cruzó por mi cabeza la idea de estudiar literatura como carrera universitaria. Para mí la literatura es goce y evasión, no academia. Cada vez tolero menos a ciertos académicos de la literatura y jamás estuvo en mis planes convertirme en una de ellos. Sospecho que, en mi caso, estudiar literatura habría producido algo así como una saturación paralizante.
Eres perfeccionista. No avanzas al siguiente párrafo si no has terminado el primero. ¿Es una técnica que te impones o así siempre escribiste?
Como es obvio, no existe una fórmula. Cada texto exige una manera de ser escrito. En la literatura que me gusta leer y que pretendo hacer es muy importante el lenguaje, a veces incluso más que la trama. Cada cuento debe tener una cadencia reconocible desde el primer párrafo, desde la primera frase incluso, y llegar a esa cadencia cuesta mucho. Puedo pasarme semanas enteras hasta encontrar la musicalidad que vaya con la historia que quiero contar, siempre fue así.
¿Cuánto tiempo le dedicas a la escritura?
Me encantaría decir que la inspiración me encuentra trabajando en la escritura, pero lo cierto es que debo robarle tiempo al trabajo para escribir a cuenta gotas. Lo más difícil para mí es llegar a ese estado de ánimo propicio para la escritura, una mezcla de serenidad y estímulo.
Tus personajes siempre están en conflicto, su existencia está al borde del colapso. ¿Cuál es tu estado de ánimo cuando escribes, crees en eso de estar inspirado?
Quiero pensar que mis personajes no desentonarían en las películas de cine negro y la literatura policial que repaso una y otra vez. Hace un tiempo leí una frase en una exposición de pinturas que suscribo: “Adoro lo que tiene color, pero a la hora de ponerlo en el lienzo me sale todo gris”.
San Cristóbal, ese lugar que creaste, ¿es Huancayo, es Lima?
Es una mezcla de todas las ciudades de provincia en las que crecí y ese pueblo pretencioso que es Lima. Cuando viajaba de Huancayo a Lima con mi abuela, como todo niño impaciente, preguntaba cada veinte minutos ¿cuánto falta?, ¿dónde estamos? Mi abuela conocía muy bien la ruta y me hacía un recuento del itinerario. Por mucho tiempo pensé que esa ruta había una ciudad llamada San Cristóbal, luego descubrí que no. No sé si mi abuela inventó ese pueblo, si lo inventé yo o cómo fue que tuve esa certeza de su existencia. Esa ciudad que no existe (...) me pareció el mejor nombre para la ciudad en la que empezaron a transcurrir mis cuentos.
¿Cómo se ve la literatura regional desde Lima?
Como con todas la literaturas regionales, con desdén e indiferencia.
¿Cuál es el libro que ha marcado tu vida?
Por ser parte de mis primeras lecturas, quizá Rojo y negro, Stendhal y Lolita, de Nabokov.
¿Cuál es el personaje literario con el que te identificas?
Con los detectives de Manuel Vasquez Montalván.

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