Hace diez días, Eugenio Vila, se aventuró a salir a las calles premunido de su triciclo para hacer lo que hacen los taxis: llevar pasajeros y carga a 4 o 5 soles la carrera.
Todos los días y desde muy temprano, este anciano de espíritu juvenil, sale de La Punta, que está al sur de Huancayo a unos 6 kilómetros, para embarcarse en una jornada laboral que como otro trabajo requiere de mucha disciplina.
Llega a las puertas de un céntrico mall, en donde se planta esperando llevar a un comprador que requiera sus servicios. Ahí es cuando tiene que sortear la competencia, que muchas veces es desesperante, al punto que la disputa llega con empujones.
Antes de incursionar en este “cachuelo”, Eugenio, de 67 años, se dedicaba a la albañilería, pero por las restricciones dadas por el Gobierno Central, se quedó sin trabajo, pasando a formar una estadística más de los desempleados de este país. Sabe que después del 10 de mayo todo será diferente, pues no descarta que los vehículos de transporte público regresen a tomar las calles y muevan masas de pasajeros, dejándolo sin ingresos.
Asegura que no ha sido beneficiario de los bonos ni de las canastas con víveres, debido al desconocimiento que tiene para reclamarle al Estado.
Respecto a la pandemia, responde que conoce algo gracias a los noticieros, por ello que tiene mucho temor a contraer la infección viral y transmitirla a sus familiares, en especial a su esposa, con quien convive hace varias décadas.
A las 3 de la tarde, que es cuando cierra sus puertas el centro comercial, guarda su triciclo en una cochera cercana al mercado Ráez Patiño, de donde retira su bicicleta para regresar a su casa del anexo La Punta, en Sapallanga.

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