Ante un auditorio repleto de compañeros provenientes de todos los rincones del país, en el Aula Magna de Alfonso Ugarte, Alan García hizo un convincente ensayo de inmolación. Quizás lo hacía a sabiendas de que todos estos años su imagen se ha impuesto como una sombra que no deja brotar otros brillos, o quizás porque ese nimio porcentaje que le dan las encuestas podría no ser sino un reflejo de que hasta el voto aprista le está siendo esquivo. Sea por lo que fuere, el candidato de la Alianza Popular se puso en el centro de un imaginario circo romano, como un condenado a su designio que tiene que pelear, desnudo e inerme, contra las fieras.
Habló entonces de los huevos. De los huevazos que recibió en los últimos días en el fragor de la campaña. Fueron más de veinte, los había contado uno por uno en cada rincón del país y los había recibido con estoicismo. Le habían llamado delincuente, mafioso y todo lo demás. “Me han dicho de todo, y sin embargo sigo adelante”, le escucharon decir al líder aprista.
Afuera del Aula Magna, el domingo estaba soleado, y el ruido en torno a la campaña electoral apuntaba justamente a la más reciente encuesta de Ipsos Apoyo, la misma que revelaba que Alan García se mantenía estancado en el quinto lugar en las preferencias, pese a las exclusiones de Julio Guzmán y César Acuña, detrás de Alfredo Barnechea y Verónika Mendoza. García era consciente de estos nuevos detalles mientras se dirigía a las decenas de apristas congregados en Alfonso Ugarte. Y por ello le hablaba al corazón de sus compañeros.
“Si ganamos, no seré yo quien llegue a Palacio, serán todos ustedes”, les decía. Y nuevamente se ponía en el centro de todos, entre el fuego cruzado, debajo de las bestias. Su destino no era fácil, debía soportar -otra vez- los ataques, y todo para que el Apra llegue a su tercer gobierno. No él, no Alan García, sino el Apra, “ustedes”.
García miraba a todos, se encerró en sí mismo: muchos le llamaban desde distintos lugares para sugerirle que cambie el discurso, que cambie la estrategia, pero él quería morir en sus trece, si dos veces había llevado al Apra al Gobierno a su manera, puede hacerlo tres veces de esa misma forma. Pero hacía falta el músculo partidario, el corazón aprista en las calles, esa épica capaz de construir una victoria desde las veredas y las plazas hasta el mismo día de las elecciones en las mesas de votación.
He aquí la estrategia aprista para los días que quedan de campaña, planteada y anunciada por el mismo Alan García desde Lima el domingo 13. Una estrategia que es como un abrazo terminal de quien se sabe más cerca de la derrota que de la victoria apoteósica.

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