Idas y vueltas de Hugo Neira
Idas y vueltas de Hugo Neira

¿Son los intelectuales la panacea, la fuente inequívoca de donde brotan todas las respuestas a todas las preguntas que nos hacemos en la vida? Ellos suelen darnos respuestas, y su claridad hace que vean aquello que el resto quizás no alcanza a ver. Nos ayudan a encontrar las respuestas, sí, eso sí siempre, pero nos ayudan a veces incluso desde el error. Porque los intelectuales también se equivocan. Y en política ni que se diga.

Y lo digo al pensar, sobre todo, en ese brillante historiador y sociólogo que es Hugo Neira.

Nadie puede discutir la valía intelectual de Hugo Neira, ni su producción como autor de libros importantes para entender el Perú. Es una de las mentes más lúcidas que nos quedan, pero también un hombre con una trayectoria cuando menos sugerente. Lo dicen sus idas y vueltas con la política, aquellas que nos ayudan a comprender un poco mejor sus opiniones, que no están libres de sus simpatías y subjetividades.

En los años setenta, Neira fue director del recordado Sinamos, brazo ejecutor político del gobierno dictatorial de Juan Velasco Alvarado. Aún más, cuando Velasco tomó el control de los medios, en uno de los episodios más negros de la libertad de prensa, lo puso como director del diario Correo, encargo que cumplió durante dos años. Por supuesto, con la caída de Velasco, Hugo Neira se fue del país.

En Europa, sobre todo en Francia, hizo una destacada carrera académica. Regresó en el año 2003 y fue designado, después, en el segundo gobierno de Alan García, como director de la Biblioteca Nacional. Desde esa época hasta hoy, Neira ha sido un defensor del fallecido aprista, a quien lo ha llenado de loas cada vez que ha podido.

Es su derecho, claro está. Como ha sido también su derecho simpatizar con Keiko Fujimori y Fuerza Popular, opciones que defendió como las mejores en las elecciones de 2011 y 2016, aun cuando -entre otras cosas- ya había algunas evidencias de oscuros procederes (como la investigación de Joaquín Ramírez al final de la campaña).

Hugo Neira no solo votó y aconsejó votar por Keiko Fujimori, sino que incluso acudió a uno de los famosos cócteles y puso de la suya para apoyarla en la campaña electoral pasada. Un video lo registra entrando de lo más contento al local del cóctel de Fuerza Popular, ese mismo cóctel que ahora es motivo de una investigación fiscal.

Dicho sea de paso, en Neira se resume muy bien la dualidad indesligable del aprismo (o más bien alanismo) y fujimorismo hoy: quien tiene simpatía por uno, lo tiene también por el otro.

Y por ello vemos estos días a Neira -en sus escritos y en cuanta aparición pública pueda- enarbolando el mito alanista de que el suicidio del expresidente ha sido un acto de honor, de inmolación. Neira sublima lo que muchos en el Perú más bien ven como un acto de deshonor y de escapismo ante el guante de la justicia y el consecuente bochorno social.

Es un intelectual brillante, nadie lo duda, pero no es la primera vez que se pone del lado más oscuro de la historia.