Llegó desde Trujillo cuando era adolescente a Buenos Aires, Argentina, en aquellos años en que los peruanos y peruanas elegían ese país para huir de la crisis económica del Perú posterior al primer gobierno aprista. Y su madre lo esperaba allá. Estudió en Buenos Aires, terminó el colegio y se hizo amigo de no pocos argentinos, quienes a manera de chapa le llamaban “Perú”.
-Perú, tocala, dale -le decían cuando jugaban al fútbol.
-¡Qué grande que sos, Perú! -lo adulaban cuando invitaba las cervezas, ya en los tiempos de la facultad.
Pero para sus amigos, “Perú” era algo así como un lunar, pues la gran cantidad de sus compatriotas que habían llegado a Buenos Aires eran distintos a él, según la visión de sus amigos. Eran chorros, vendían merca, y encima andaban con un aspecto… ¡no sabés! Así le decían ellos, sus amigos.
En la ciudad de Buenos Aires, ir al barrio Once, cerca de Corrientes, era encontrarse con un pequeño país llamado Perú: ambulantes de bazar suelo afeando la ciudad, hombres sin polo y de barriga chelera parados en la esquina al costado de un poste, desorden y suciedad sobre las veredas, peruanos con sus viejas costumbres y la sensación de que en cualquier momento alguien te iba a arranchar algo.
Los argentinos, pese al prejuicio, fueron al final de cuentas más tolerantes y menos xenófobos. Esos años y los posteriores recibieron no solo a muchos peruanos, sino también a bolivianos, paraguayos, e incluso chilenos, además de otras nacionalidades. Son unos dos millones en población extranjera hoy. Buenos Aires es una de las ciudades más cosmopolitas del mundo.
Las mejoras de la economía peruana en estos últimos años hicieron que incluso “Perú”, ahora un hombre adulto y con familia, regrese a su natal Trujillo. Y se ha encontrado con una realidad muy similar a la que vivió hace años: su ciudad, como le ocurría antes a Buenos Aires, ha empezado a recibir extranjeros que huyen de la crisis y buscan una nueva oportunidad. Él lo entiende porque de alguna forma lo vivió, y por ello se aguanta la cólera cuando al tomar taxi un joven venezolano le dice que por favor le guíe y le oriente cómo llegar al destino porque es nuevo y no conoce las calles, y por ello también sonríe cuando una venezolana le atiende en algún local y le dice “a la orden” pese a que no sabe darle la información completa de lo que busca.
“Perú”, sin embargo, es una excepción y lo sabe. Porque ahora somos los peruanos quienes hacemos lo que siempre odiábamos que hagan con nosotros cuando emigrábamos a Argentina, Chile o España. Ahora, aquí, generalizamos y decimos que las venezolanas son putas y los venezolanos delincuentes. Todos o la mayoría, se repite, pese a que las estadísticas lo desmienten. Como si a nosotros nunca nos hubiera pasado estar de ese otro lado lado, como si nosotros no supiéramos lo que es ser prejuzgados, estigmatizados, solo por tener una nacionalidad empañada por un puñado de sujetos.
“Perú”, por ello, hoy se siente decepcionado del Perú.

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