Cuando el abuelo Julián llegó a Paita, en 1905, no calculó que su visión fuese profética.
Por esos años, el puerto era un pueblo casi descampado y con pocas calles, fue entonces que la familia Risco Ruiz llegó de Sechura para instalarse en lo que ahora se conoce como la playa de Coñus. Julián, el abuelo de la familia, tenía un bote como único bien y hoy, después de un siglo, su ímpetu, conocimientos y costumbres aún se mantienen vivos. Esta es la historia de Puerto Nuevo, una de las zonas más antiguas de Paita que conserva, desde la familia sechurana, a la pesca artesanal como principal actividad de trabajo.
TRABAJO FUERTE
Llega la noche y con ella la quietud parece ser inminente. De repente, el muelle de pescadores artesanales, ubicado en el sector de Puerto Nuevo, rompe el silencio. El trabajo dentro del lugar concentra un bullicio formado por las lanchas que llegan, los peces sacados de las redes y las cajas de pescado que son apiladas unas sobre otras.
“El trabajo es fuerte y pesado, pero nunca falta”, cuenta Julio Castro Franco, pescador del lugar.
HISTORIA
Paita es el principal puerto de la región. Como indica José Estrada en su libro “Paita: en el tiempo y la emoción”, el puerto es expresión de tres factores: paisaje, historia y sentimiento. Y Puerto Nuevo hereda lo dicho por Estrada. El sector, ubicado en el lado oeste de Paita, no siempre fue como luce hoy. En un principio las casas eran de esteras y palos rústicos. Sin embargo, lo que no cambió fue su faena.
“Los primeros hombres de Puerto Nuevo se ubicaron a orillas del mar y pescaban a cordel. Construyeron no solo su muelle rústico, sino también su futuro”, relata Vidal Rivas Castillo, historiador y profesor de Paita. Y ese legado de los primeros habitantes del sector aún se manifiesta en los pescadores actuales, en ellos se puede ver que, pese a su cansancio, sus manos congeladas y sus horas sin dormir, nada les es más gratificante que llegar con el “pan” a sus casas.
LAS FAMILIAS
La pesca artesanal de Puerto Nuevo se refleja en sus calles y familias. Los lugareños han adaptado el trabajo a todos los aspectos de su vida. Sus principales calles, que no pasan de ser tres, tienen en la intemperie chalanas, redes, boyas, remos y hasta motores de embarcaciones. Los niños del lugar, por ejemplo, juegan en los botes simulando el oficio que realizan sus padres. Y es que si algo tienen de característico los pobladores de Puerto Nuevo es que, todo lo que saben, lo han aprendido de los mayores.
Y ese el caso de la familia Ruiz Collazos. Don Manuel, fallecido padre de la familia, les enseñó a sus seis hijos el oficio de la pesca. Dos de ellos, Rómulo y Luciano, conocen el trabajo desde los seis años. “Ahora yo no salgo a pescar. Ya les enseñé a mis hijos y nietos cómo es la chamba”, relata Rómulo Ruiz, quien pasó las enseñanzas de su padre a los suyos.
Junto al trabajo, el sentimiento tampoco se pierde. Ahora, los hermanos Ruiz Collazos, en forma de homenaje, se sientan todas las tardes afuera de la casa de sus padres, la misma en la que hace unos años vivían y ahora les sirve para guardar sus instrumentos de pesca y para esperar la faena del día.
Sin duda, la esencia de Puerto Nuevo no ha cambiado. Con el paso de los años, el trabajo se fue aprendiendo de generación en generación. Las coloridas casas de material noble que ahora rodean el lugar, parecen no haber olvidado sus orígenes de esteras. La pesca artesanal ha envuelto la vida de las personas del lugar y en palabras del historiador Rivas, “Puerto Nuevo es ahora más que una caleta”. Puerto Nuevo es un lugar donde la noche y el descanso no llegan para quienes han forjado su existencia a una labor que demanda sacrificio y entrega, pero sobre todo, tradición.
Los pescadores salen a trabajar desde muy temprano en sus lanchas, para regresar con el “pan” a sus viviendas.

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