Que nadie se engañe. Avatar, la nueva superproducción de James Cameron, es una asombrosa aventura y un descomunal espectáculo visual, pero no es mejor que varias de las anteriores películas de su ambicioso realizador.
Incluso, podría decirse que Terminator (1984), El secreto del abismo (1989), Terminator 2: El día del juicio final (1991) y Titanic (1997) son superiores en conjunto. Sin embargo, no puede negarse que estamos ante una cinta diferente en cuanto a concepto de entretenimiento masivo, en la que lo real y lo virtual se funden con inobjetable intensidad, que aspira a ser un enorme éxito de taquilla y también a agradar - en mayor o menor medida- a la crítica.
Es cierto que doce años después de la premiada Titanic deberíamos estar viendo una obra maestra de Cameron, sencillamente porque el cineasta tuvo el tiempo suficiente para prepararla. Pero no le pidamos al profesional más de lo que nos ofrece y entendamos que Avatar cumple a cabalidad en el campo de la creación y expresión digital. Ámbito en el que Cameron parece moverse como pez en el agua.
Avatar es, en buena cuenta, una combinación de ciencia ficción, aventura y western (sí, nos hace recordar por momentos a Un hombre llamado caballo), cuya historia se ubica en el año 2154. La Tierra ha entrado en una inexorable crisis energética y las grandes corporaciones buscan minerales en otros planetas para ayudar. Uno de éstos se llama Pandora, su atmósfera es tóxica y en él habita una comunidad de humanoides gigantes y azulados denominados Na'vi en un inmenso medio ambiente natural, poblado por las más increíbles especies animales, en el que se respira completa libertad.
La corporación que va a extraer un valioso mineral de Pandora cuenta con un bien equipado ejército de mercenarios dispuesto a arrasar el hábitat de los Na'vi si es que el programa científico Avatar - destinado a proteger a los nativos y su entorno- no logra abrir pacíficamente el camino en territorio hostil a sus particulares intereses económicos. Los principales conductores del experimento son el ex marine inválido Jake Sully (Sam Worthington) y la doctora Grace Augustine (Sigourney Weaver) a través de sus "avatares", cuerpos creados genéticamente de ADN humano y ADN Na'vi.
El resultado de esta aventura antibélica y ecológica es impresionante, a pesar de ciertos convencionalismos narrativos que Cameron no logra superar, de díalogos que lucen intrascendentes y del propio mecanismo de la acción que al final se reduce al típico enfrentamiento entre buenos y malos.
La habilidad del realizador para sacar adelante un relato complicado y bastante costoso queda en evidencia sobre todo en las escenas que se desarrollan en el cautivante universo de Pandora, tanto las que fluyen de la propia naturaleza del lugar como las que cargan la adrenalina. Pandora es, sin duda, una magistral creación digital.
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Antibélica y ecológica
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