Hampa dorada
Hampa dorada

La vida criminal del temible pandillero estadounidense John Herbert Dillinger (1903-1934) ha sido contada por el cine en distintas oportunidades y ha inspirado no pocas películas. Si el Dillinger (1945) de Max Nosseck aparece como un relato de inspiración libre, ya el Dillinger (1973) de John Milius resultaba un retrato más fiel de la historia real, ambientada en los duros años de la depresión norteamericana, con un tratamiento bastante áspero de los acontecimientos y un trabajo de la violencia brutal y descarnado.
La estilizada versión que nos ofrece el veterano Michael Mann en Enemigos públicos tiene una puesta en escena elegante, de sofisticado acabado técnico y, aun cuando se acerca al cine de gángsters con cierto respeto, sabe alejarse lo necesario de los habituales cánones para contar las correrías de Dillinger de una forma que respira y se siente diferente. Asimismo, por tercera vez (Colateral y Miami Vice fueron las anteriores) utiliza el soporte digital de alta definición con resultados realmente óptimos.
De manera algo similar a la versión de Milius, Mann traza dos derroteros que van en paralelo y que en determinado momento se juntan. Acaso dos caras de la misma moneda: por un lado, la carrera al margen de la ley de Dillinger (bien encarnado por Johnny Depp); por el otro, la incansable lucha contra el crimen organizado llevada a cabo por el implacable agente federal Melvin Purvis (Christian Bale) por orden de J. Edgar Hoover (Billy Crudup), director del FBI. Pesa más, eso sí, la presencia del criminal, tanto en su accionar delictivo -al lado de sus fieros y fieles compañeros de armas- como en la prácticamente furtiva relación con su amante Billie Frechette (la francesa Marion Cotillard).
Lo que más llama la atención del tratamiento de Mann, que incluye algunas secuencias de violencia bastante gráfica, aunque no se regocija en ellas como sí lo hace Milius en su película, es la insistencia en el uso de la cámara en mano y la proliferación de primeros planos, incluso en desarrolladas secuencias en constante movimiento. Tal vibración narrativa nos sumerge de lleno en el drama del pandillero y nos hace cómplices de su desgracia. Un aura romántica rodea siempre a este Dillinger, suerte de antihéroe inmerso en un mundo cambiante en el que se va imponiendo la ley a sangre y fuego, en el cual ya no tiene cabida un audaz asaltante de bancos como él.
Mann consigue un sólido retrato de época y también de esa hampa dorada tan lejana en el tiempo. Destacamos dos escenas auténticamente memorables: aquella en la que Dillinger ingresa a las oficinas del FBI sin ser reconocido, y la de su admirada reacción ante las imágenes del filme Manhattan melodrama (1934) -sobre todo de Myrna Loy en primer plano que le recuerdan a su amada Billie- en el cine Biograph, antes de su muerte bajo las balas del FBI.