En una mesa cerca de la entrada de un bar del Centro de Lima, Hernán “Cachuca” Condori, líder y vocalista de Los Mojarras, bebía un sorbo de lo que sería, probablemente, su primer vaso de ron. Junto a él, con una sonrisa familiar, estaba su compañera de vida esperando a que inicie su relato por el serpentino camino del rock que hace 28 años él recorre, desde el estreno de su primer disco, en el que tuvo la osadía de fusionar un género duro como el rock con la chicha.
¿Recuerdas cuál fue el primer tema que escribiste?
Mis padres se habían separado y me partió el alma. Entonces, enfadado, escribí “Historia de una madre ramera”. Un tema a golpe de bolero, que era el género al que quería dedicarme.
¿Cómo llegaste del bolero al rock?
Ya tenía 17 o 18 años y me golpea el racismo. De niño lo había entendido como algo pasajero. Pero en la adolescencia me quebró. Mi primer dolor fue en la fiesta de promoción de 5to año. Me dejaron esperando con la orquídea, mi pareja de baile nunca fue. Luego supe que no había llegado porque se enteró que me apellidaba Condori. Eso me iba volviendo rockero, porque me iba enfadando con la vida. La rebeldía me parecía una buena solución.
Y en la música, ¿la discriminación también es fuerte?
Sí. Una vez me dijeron: “Cantas bien, tienes temas bonitos, pero tú no vas con la imagen”. Así que empezó mi lucha por volverme rockero. Me dije “voy a ser un rockero de primera línea” y me pregunté, en ese momento, cuál era la antorcha que seguía la gente y era el rock.
¿Es en ese contexto que surge el “agustirock”?
Ni el público, ni el empresario, ni los que organizadores tenían por naturaleza invitar a un grupo de rock que vivía en El Agustino, que no sea blanco y que no tenga un “buen” apellido. Teníamos que ver la manera de entrar a ese mundo, eso fue el “agustirock”. Siempre supimos que hacíamos algo verdadero. Hacer rock con chicha era una herejía, pero seguimos por instinto.
¿Cómo vivieron los primeros años de la banda con los sucesos que vivía el país en la década de los 90?
Por esos años, ser rockero era ser un luchador social sin metralleta. No quise matar ni destruir casas ni volar a mi patria, decidí cambiar la mentalidad. Me basé en (José Carlos) Mariátegui: “Peruanicemos al Perú”. El “Amauta” me dijo qué hacer.
¿Cómo surge la idea de fusionar el rock con otros géneros?
El Polen, El Pueblo del Barrio, ya habían preparado el camino. Me dejaron las cosas casi listas para cocinarlo. La gente se dio cuenta de que Los Mojarras sonaba a Perú.
Chacalón te invitó a compartir escenario en una de sus presentaciones...
Suena mal decir que fuimos los únicos, pero es la verdad. Chacalón nos escuchó en el Teatro Segura y luego nos contrató para tocar con él en La Carpa Grau. Pero cuando empezamos con la presentación, la gente nos abucheó. Luego, él subió a exigir respeto. Yo sentía que estaba pisando la luna. Por eso, me siento el Neil Armstrong en el rock.
¿Pensaste en internacionalizarte alguna vez?
México me quiso llevar muchas veces, España también, pero mi trabajo está hecho para el Perú. He estado en varios países y la diferencia es que nosotros no nos asumimos como mente, nos asumimos como tierra; es decir, puedes tener una casa, pero no una familia.
¿Los Mojarras buscaban que el público se asuma como mente?
En parte. Había que hacer una familia psicológica. Necesitamos un país que en lo psicológico no tenga vergüenza de sus raíces, de su apellido, su piel ni de su cultura, y que tarde o temprano se dé cuenta de que nuestra diversidad es nuestro mejor valor.
¿Consideras que en algún momento de tu carrera artística tuviste muchos excesos?
(Risas) Exceso es mi segundo apellido. Como ya me queda poco tiempo, tengo el derecho de decir que me da igual mirar al pasado. Total, ¿quién puede cambiarme ahorita la vida? Pero sí, no todo lo que hice fue bueno. Espero que cuando se saque cuenta, lo positivo sea más que lo negativo.

