¿Por qué me sorprendes, o quieres que te acompañe con un infarto al purgatorio?, gritó por el auricular limpiando sus lágrimas y llamando la atención de los otros usuarios de la cabina pública. Unos minutos antes la convocaron por los parlantes de la Plaza Mayor, para contestar un mensaje de su sobrino, que para el pueblo y ella estaba en la tumba, luego de un terrible accidente de tránsito. El cadáver irreconocible, por su rostro desfigurado y el cuerpo deshecho, obligó al médico legista a citar al hermano, para el reconocimiento del cuerpo antes de su cristiana sepultura.
El anuncio telefónico por el parlante comunal sorprendió a los que escucharon la llamada. El difunto desconcertado desde la otra línea apenas reclamó. ¿Qué pasa tía? no estoy para bromas, qué es eso de enterrarme. ¿Tanto me odias por unos miserables dólares? respondió molesto. La tía entonces volvió en sí y lo primero que recordó fue la deuda y gritó furiosa, desgraciado entonces regresa del infierno y gira el saldo de lo que me debes, más los gastos de tú entierro.
El muerto postergó el regreso al pueblo por un largo tiempo, en tanto la deuda seguía creciendo, tampoco estaba para ser el punto de las bromas. Inscrito en el Registro Municipal con el respectivo Certificado de Defunción dejó de existir legalmente; con esa muerte civil no tendría obligaciones con ninguna de sus viudas y tía miserable. Hasta podría iniciar una nueva vida y se atrevió planear una nueva oportunidad para el futuro. La noche que regresó encubierto, le reclamó a su familia por la ligereza de reconocer y enterrar con su nombre a otro muerto, considerando como una venganza de su hermano por la disputa de una pequeña herencia. Le mostraron las fotos de su sepelio, como evidencia. El cajón era de caoba decente, rodeado de una capilla ardiente y decenas de coronas florales junto a cientos de velas encendidas en conjunto.
En la parte posterior estaban los acompañantes con vasos de ponche y licor como era la tradición. En las fotos de la misa en la iglesia principal se podía observar, en primera plana a la familia llegada de la capital vestidos de luto riguroso; al costado un coro de mujeres que cantaban plañideramente el Aya Taki, canciones fúnebres, como requiere la ocasión. Luego una secuencia de autoridades y paisanos discursando en las esquinas de la plaza, le llamó la atención la numerosa y atronadora banda de músicos, más atrás la caravana de camiones y micros; un sobrio mausoleo de piedra; en la puerta del cementerio el alcalde, su primo, lo despedía con una brillante alocución y elegía; las tomas finales eran mares de llantos y gritos, en particular de la tía, que debió costear todos los gastos de los exigentes microbuseros a los que estuvo asociado el muerto.
El álbum fotográfico culminaba con el lavado de sus ropas y la celebración de la misa de ocho días; sin embargo su rostro se descompuso con la última de las tomas, la familia cantaba y bailaba al compás del arpa, violín y quena, la tradicional despedida por quien ha pasado a mejor vida y para que continúe gozando de las bondades de lo que hizo en estos lares y tiempos.
Comprendió que a pesar de su comportamiento deshonroso a lo largo de su vida, abandonando a sus hijos de acá y allá, en la persona y sepelio del otro muerto, la familia demostró que lo estimaba y quería a pesar de todo. Se preguntó qué sería de su vida a partir de esa su primera muerte, si todo estaba consumado con el otro; sus hijos y viudas tenían la idea de su ausencia y sus hermanos distribuyeron la pequeña herencia. Hasta sus amigos más íntimos habían bebido recordando sus mataperradas y penas.
Poco a poco al comprender su inexistencia, sus vacíos y la ignorancia de otros, entró en una profunda depresión que buscó eludir con licor y llanto. En las borracheras sus ocasionales amigos se burlaban hablando de su doble vida; el reclamo del campo santo por el verdadero muerto, que era un asunto de días y tal vez de horas. Muchas veces despertó asustado por seguir viviendo y afrontando la existencia con toda esa carga pesada. En algunas circunstancias buscó la muerte deliberada y temerariamente, ella no llegaba y eso lo deprimía más, aunque tampoco tenía el valor para suicidarse. Sin embargo, el día que pretendió rehacer su vida y trabajar por sus hijos, luego de una desintoxicación alcohólica con hierbas y mates, regresando de un viaje estrelló el carro y murió. Nadie prestó atención al accidente ni al triste y pobre funeral de su segunda muerte.
La gente no estaba para enterrar dos veces al mismo difunto y menos la tía realizar una doble inversión. Fue sepultado como un indigente anónimo, originando un laberinto de certificados y tumbas duplicadas. San Pedro y San Pablo, único cementerio con dos nombres, acogió finalmente entre sus paredes a dos difuntos en uno, dos pasados en uno, dos nombres en uno, un embrollo con dos tumbas; el primero en mausoleo de piedra y coronas de flores, el segundo abandonado en el campo santo con flores silvestres. Felizmente la maestría de un viejo carpintero permitió resolver la maraña con sabiduría popular, escribiendo en la primera cruz como epitafio: aquí descansa Juan Bautista y en la segunda cruz subrayó con lógica sencilla: aquí sigue descansando Juan Bautista. Así puede la familia visitar a su deudo por duplicado y sin dudas.

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