“Con sabor a chocolate” es una indicación que aparece en muchos empaques. Esto puede tener muchas interpretaciones, como que al producto se le adiciona alguna esencia o que no tiene suficiente cacao estipulado por las especificaciones técnicas para ser llamado como tal o los que llevan habas de baja calidad, o peor aún, productos elaborados sin un gramo de cacao. En cualquier caso, esto va en contra de dos productos extraordinarios donde el ser humano y la naturaleza han logrado un tándem óptimo: cacao y chocolate.
Para ilustrar mi punto, traigo a colación el caso de los productores de trufa negra en Aragón, España, quienes recientemente han publicado una norma donde cualquier producto que diga “trufado” tiene que contenerla de manera natural, no “sabor a”.
Esto es un precedente fundamental que busca acabar, como dice su comunicad, “con el engaño”, porque muchos productos se han servido de la referencia de este insumo costoso para elevar la atención y precios, afectando la credibilidad del original. Ojalá otros sigan el ejemplo y se extienda los rubros del café, cacao, vino, quesos, aceites, entre otros.
Estamos hablando de un sistema de protección a toda la cadena de valor que va desde el productor hasta el consumidor, garantizando trazabilidad, transparencia, respeto, información clara y precisa que nos permite saber lo que estamos ingiriendo.
CLARIDAD
Históricamente algunos productos que consumimos en la cotidianidad tienen usos y hasta apariencia “similares”, pero desde el etiquetado se especifica el origen e insumo principal. Así sucede con la mantequilla derivada de los lácteos y la margarina obtenida a partir de otro tipo de grasas. Entonces, por qué no hacer la misma diferenciación con el chocolate, que solo pueda llevar su nombre si lleva cacao en las cantidades que especifica la norma.
Desde hace meses está presente en el mercado un “chocolate” elaborado sin cacao, a base de una pasta de semillas de girasol. Parte de su argumento lo hace ver como respuesta a los altos precios que registró el cacao (situación que ha cambiado diametralmente), también alegan que reducen el impacto ambiental cuando el cacao en las mejores condiciones se sirve de la biodiversidad; por lo que argumentan sostenibilidad e innovación.
Quiero ser clara en esto, no estoy en contra de nuevos productos, pero, por qué llamarlo “chocolate”, lo ideal es que se busquen otro nombre. Por mucho que se parezcan, como sucede con la mantequilla y la margarina, no son lo mismo. Si esto escala irá en contra de toda la línea de producción del cacao, afectando negativamente ecosistemas naturales, familiares y financieros.
Esto representa un gran retroceso. Por años hemos permitido que las etiquetas que dicen “sabor a chocolate” circulen libremente sin hacer preguntas. Espero, no estemos frente a una de las mayores tragedias del cacao en su historia, porque ya tenemos suficiente con el cambio climático, la especulación, algunas regulaciones difíciles de entender para sumarle un elemento más a la ecuación. Me gustaría mucho que defensores del cacao y el chocolate se pronuncien al respecto, sería de gran ayuda.
El chocolate debe tener cacao
“Desde hace meses está presente en el mercado un ‘chocolate’ elaborado sin cacao, a base de una pasta de semillas de girasol”, escribe Vanessa Rolfini, periodista y catadora.