Hace 152 años, España envió una flota a las costas de nuestros países dizque con el carácter de científica. En realidad no lo fue, pues el 2 de mayo de 1866 abrió fuego sobre el Callao en la febril idea de lograr la reconquista de las tierras que 300 años atrás había ganado para sus dominios. Los tiempos habían cambiado. Ahora existían países forjados en base a los principios del derecho internacional más importantes del siglo XIX: el Uti Possidetis -lo que poseías en el virreinato se mantiene en la vida republicana- y la libre determinación de los pueblos, que no era otra cosa que la consulta a los pueblos de las zonas fronterizas para que decidieran a qué nuevo Estado independiente querían pertenecer. España tampoco era en el momento del combate la poderosa nación en todo el orbe del siglo XVI. Las posibilidades, entonces, eran prácticamente inexistentes. Los países de nuestra región que hoy conocemos como del Pacífico sudeste -Chile, Perú y Ecuador- hicieron un cuerpo de unidad para enfrentar la amenaza. Este combate, además, puso a prueba la reacción social, pues los limeños y chalacos fueron claves en la defensa de la soberanía e integridad del país. España no había reconocido la naturaleza jurídico-política de la Capitulación de Ayacucho de 1824 en la floja idea de la deuda peruana de dicha capitulación, y eso realmente fue un grave error que solamente fue achacado directamente a las consecuencias que sufrieron las diezmadas naves de la flota española ante la férrea defensa del país. En este contexto, la referida defensa de Lima la llevó adelante el coronel José Gálvez, en su condición de ministro de Guerra convertido en héroe de esa gesta. Este episodio debe ser considerado uno de los mayores antecedentes del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), que lamentablemente no se vio en bloque durante la Guerra de las Malvinas (1983) entre Argentina y el Reino Unido, con la solitaria participación solidaria peruana.

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