Muy querida Catalina, te cuento que he pasado por El Naranjo y me ha dado tantísima pena no ver más la casa de la familia Godinez y otra casona, en la esquina, donde, si no me falla el recuerdo, vivía una familia Nalvarte. Esas casas han sido derruidas para ensanchar una vía moderna. El precio del progreso es duro. Pero es así, como diría don Pío Baroja.
Los tacneños hemos correteado y paseado por los callejones, esos "laberintos de ensueño, moradas de la buganvilla", como lo escribí en un poema. Uno de los callejones por los que se ingresaba a la campiña era, precisamente, El Naranjo, que después se llamó calle Coronel Vidal. En esa calle vivió sus últimos días mi abuelo Nicolás y, en una casa vecina, vive aún Nilda Lévano, una señora locumbeña, dicharachera, jovial, gentil, a la que nunca abandona un espíritu jovencísimo que la acompaña pese a los dolores y penas que agobian a todos los humanos, tarde o temprano.
Te cuento haber leído que la Dirección Regional de Educación ha dictado una directiva para que norme el protocolo de los actos públicos. Me parece muy bien que se haga así para que haya uniformidad en las ceremonias cívicas. Lo que me llama la atención es que está considerando, como primer número, el izamiento de la "bandera de Tacna", al son del Himno al 28 de Agosto. Sobre este himno no tenemos más que alegrarnos los tacneños de que se haya rescatado del olvido. Es hermoso y nos retrata a los nacidos en esta ciudad. Se debe hacer mención que la letra y la música del himno pertenecen a Eduardo Pérez Gamboa, el mismo que compuso la música de la polka MI TACNA HERMOSA, del poeta Omar Zilbert.
Sin embargo, Catalina querida, debo confesarte que los tacneños tacneños no hemos aceptado jamás, ni aceptaremos en lo poco de vida que nos quede sobre la tierra, que nuestra querida ciudad tenga una bandera. Las ciudades tienen escudo, pero no bandera. No sé de dónde ha partido esa huachafería que, como vemos, se ha extendido por doquier. Pero, bueno. Vamos. Aceptemos que otras ciudades tengan "bandera" propia. ¿Pero Tacna? No.
Y ¿por qué no? Pues por una simple razón. Nuestros antepasados, en un largo cautiverio, que duró casi medio siglo, no pudieron izar la bandera bicolor de la patria. Volver a ver la bandera peruana en el mástil de sus casas, en los edificios públicos, fue para ellos lo máximo que esperaban en la vida, pues ello significaba el fin de la opresión de ver una bandera extraña flameando bajo el limpio cielo de su tierra natal.
Desde el 28 de agosto de 1929 la bandera del Perú fue siempre, y así será, la única bandera de los tacneños. No en vano a Tacna se le conoce en la patria como LA CIUDAD DE LA BANDERA. ¿De qué bandera? Pues de la única que conocimos desde la cuna.
Lo de la "bandera de Tacna" nació a raíz de que, en las competencias deportivas, las delegaciones desfilan con la enseña de los lugares de donde proceden. O sea que se trata de un banderín en cuyo centro se luce el escudo de la ciudad. Y allí debió quedar. En Tacna sobre todo. Como un banderín. Jamás como una bandera. Las ciudades, una vez más, digo, no tienen bandera. Reconozco que las actuales autoridades de Educación me parece que están haciendo bien su gestión. Se les aplaude. Pero tal vez no sean tacneños, en su mayoría. Les ruego consultar con los viejos profesores de la Tacna que se va sobre este asunto. Errar es humano. Rectificar es una gracia de los dioses.
Hace días, caminando por las calles de mi Tacna y al pasar por la joyería y relojería UNIVERSO, de Víctor Mendizábal Ramos, frente al Mercado Dos de Mayo, reparaba que él es uno de los últimos relojeros de la vieja guardia. Otro es Manuel Vizcarra, propietario de una relojería ubicada en la calle Calderón de la Barca, en el mercado.
En mi infancia llegué a ver las clásicas joyerías y relojerías de don Carlos Sarmiento, a quien conocí muy viejecito, y la de don Pancho Gómez, ubicada en la calle San Martín, frente a la anterior. Un poco más arriba me parece que estaba el joyero Isidoro Vásquez y, un poco más abajo, don Gregorio Lizárraga, tal vez el más exitoso de todos. Don Gregorio, a la usanza de los grandes joyeros, obsequiaba, puntualmente, finas y costosas pulseras a las señoritas que resultaban elegidas reinas en las fiestas del carnaval. Hoy sus hijos aún mantienen la joyería Lizárraga y venden valiosas joyas y adornos y trabajos de filigrana de plata y oro.
También, a la hora de las evocaciones, viene a mi memoria un joyero delgado, de mediana estatura, de fino bigote, con lentes permanentes, muy bien peinado a la gomina, que parecía un artista mejicano de los años cuarenta. En mi infantil imaginación yo creía que era Palillo, un cómico malísimo del cine azteca. Me dicen que no era tacneño y que se fue un día, de pronto. Se llamaba, o se llama, Felipe Navarro.
Esos joyeros y relojeros vendían y componían relojes de las marcas Omega, Olma, Edox, Cyma, Orix, Longines y, de tarde en tarde, un Rolex. Hoy las marcas son otras, los relojes tienen una vida, quiero decir que son descartables los muy baratos. Ya no es necesario darles cuerda para que "caminen" , ni se escucha ese permanente tic tac que acompañaba en el silencio o en el insomnio y que parecía recordarnos, permanentemente, que nuestra existencia se iba en cada minuto.
Así es la vida, querida Catalina. Todo pasa y nada queda, como decía el poeta.

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