Están aún en el aire las palabras que, cual grito de dolor, salieron alguna vez desde las entrañas de un padre que había perdido un hijo cuando éste cumplía labores periodísticas en las alturas de Uchuraccay, cuando buscaba la verdad sin saber que estaba siendo asechado por el manto de la muerte y su designio de cobarde impunidad.
Un -grito de dolor- que salía desde las entrañas del corazón de un padre que se negaba a aceptar la dureza de una noticia, un padre que como viejo periodista, había sentido en carne propia los golpes más duros de una vida en donde las diferencias carcomen conciencias y el mundo comete las atrocidades más grandes «en nombre de una causa», de un padre al que le habían arrancado lo más preciado de sí en una zona que se convertiría en un verdadero ícono de la inmolación periodística nacional y mundial.
Y es que, con motivo de haberse llevado a cabo el denominado II ENCUENTRO DE LA RUTA DE LA PAZ Y LA RECONCILIACIÓN NACIONAL en el año 1999, la ciudad de Ayacucho había recibido a periodistas nacionales y extranjeros, embajadores y diferentes autoridades, que, conocedores del reflejo en significado de aquella muerte insulsa e inexplicable de ocho periodistas, se agruparon en el pedido de paz, pero con justicia y clara negación a la impunidad.
Es así, que entre quienes nos visitaban y quienes conocían el lugar fatídico de la matanza de los hombres de prensa, tuve la oportunidad de observar a un padre de familia que aún lleva la seña acongojada de dolor en el alma (aunque él lo niega continuamente)...Oscar Retto, padre de uno de los mártires de Uchuraccay que ya pasaron el umbral de la inmortalidad, padre de un gran amigo con el que alguna vez compartimos labores en el viejo local de lo que era el Diario Marka en la Av. Salaverry con sus tardes sabatinas de fulbito en la canchita del Ministerio de Salud...padre de un periodista a carta cabal.
En un momento, en tono pausado y melancólico, al hacer uso de la palabra en el Salón Consistorial de la Municipalidad de Huamanga...la voz de un padre supo retractarse de lo que él mismo definió como- un grito de dolor- al haber tratado de «maldito» al pueblo que le arrebatara un hijo, al pueblo que le quitara alguna vez a quien como él cometía un gran pecado, ser periodista. Muchas reflexiones nos vienen a la mente, muchas enseñanzas para quienes seguimos la labor periodística en Ayacucho, muchas dudas siguen flotando en el aire, muchas lágrimas son aún el costo de una guerra interna que torna sus consecuencias en Ayacucho, rincón de muertos o quizá morada del alma?
Los gritos de dolor no avivan viejas heridas, pero las cicatrices tardan en cerrarse, buscan estar del lado de la esperanza, buscan una sólida y verdadera pacificación que dejaron como costo y en parte...ocho vidas, ocho ejemplos y una eterna y reflexiva filosofía...la filosofía de la verdad.

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