El 2025 se despide recordándonos que no fue un año sencillo. Fue un período marcado principalmente por tensiones políticas que generaron más preguntas que certezas y una realidad social golpeada por la inseguridad y la pérdida progresiva de valores que alguna vez nos definieron como comunidad. Cerramos el año con la sensación de haber caminado en terreno inestable, adaptándonos a un contexto donde el esfuerzo cotidiano muchas veces no parecía suficiente.
A esto se suma una delincuencia demencial que ha ido más allá del delito material. Se trata de una violencia que refleja valores debilitados, indiferencia social y una normalización del miedo. Cuando el respeto, la empatía y la solidaridad se erosionan, la inseguridad deja de ser solo un problema policial para convertirse en un desafío moral y cultural. Aun así, el 2025 también fue un año de resistencia silenciosa. De personas que siguieron levantándose cada mañana pese al cansancio y la adversidad, que cuidaron a los suyos, que trabajaron, que improvisaron cuando no había certezas en las cuales apoyarse.
Sin embargo, cada final de año trae consigo algo más que balances: trae conciencia. Muchos miramos hacia atrás y reconocemos que, pese a las caídas, seguimos de pie. Caímos, dudamos, lloramos, pero también aprendimos, resistimos y perseveramos. Y allí radica la verdadera fortaleza de una sociedad.
El 2026 se presenta como una nueva oportunidad con algo igual de poderoso: la posibilidad de hacer las cosas distintas; de exigir más, pero también de dar más. De volver a mirarnos como sociedad, de recuperar los valores que no se compran ni se decretan, sino que se practican cada día. El 2026 llega no como una promesa automática de cambio, sino como un llamado a reconstruir desde lo esencial: el compromiso ciudadano, la responsabilidad política, la ética social y la esperanza activa. El futuro, decía Víctor Hugo, tiene muchos nombres: para los débiles es lo inalcanzable; para los temerosos, lo desconocido, pero para los valientes es una oportunidad. Un nuevo año no transforma la realidad por sí misma, pero sí puede marcar el inicio de decisiones distintas, porque el “creer” también es un acto de valentía y porque el “poder” también es un acto de fe.




