"37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente. 38 Este es el primero y grande mandamiento. 39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Mateo 22.37-38-39
Cuando a una persona se le pregunta ¿a quién quieres más?, luego de pensar un momento; tomándose el tiempo suficiente para enumerar mentalmente a las personas más cercanas que tiene, y a quienes ha tenido que colocar de manera correlativa en sus afectos, de menos a más, concluye a quién quiere más y así da su respuesta.
Y por pensar en que sólo se debe de querer a los demás, no se considera que quererse a uno mismo sea de buen gusto y en muchas ocasiones no se cree que hacerlo sea importante.
Ocurre que el ser humano tiende a considerar que él no puede ser capaz de ser merecedor de su propio cariño, de cuidarse y apreciarse, de tratarse bien y valorarse con las cualidades y habilidades que se tienen, reconociendo cuáles son sus defectos para irlos corrigiendo y superando, de ser capaz de disfrutar de su propia compañía, sintiéndose bien como es y siendo capaz de aprender de sus errores, y no sentirse mal porque otras personas tengan otras habilidades, otras capacidades y destaquen en otros campos.
Hay un dicho que dice que "nadie puede dar lo que no tiene", y aunque no es fácil pensar que pueda ser posible, el ser humano tiene que reconocer que para poder amar a Dios; por quien fue creado a su imagen y semejanza, y a su prójimo, lo primero que tiene que hacer, es ser capaz de amarse a sí mismo.
Dios nos pide que primero lo amemos con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas y con toda la mente, y en segundo lugar, nos pide que amemos al prójimo como a nosotros mismos, y para poderlo hacer tenemos que tener muy en claro que sólo sabremos hacerlo bien, en la medida que lo hayamos practicado con nosotros mismos.
Nadie podrá ser sincero en el amor que dice tener por otros, mientras no sea capaz de amarse a sí mismo, y así poder amar a Dios y después poder amar a los demás como lo hace consigo mismo.
La gran violencia que inunda nuestra sociedad, es resultado de esa falta de aprecio por sí mismo, generada por esa gran insatisfacción personal que rebasa los límites de lo que se considera tolerable y que ha ido convirtiendo a las personas en seres más violentos, demostrando con su conducta, su falta de amor hacia sí mismo, hacia Dios y hacia los demás.

NO TE PIERDAS


