Creo, firmemente, que el verdadero, el real "cronista de Tacna", es mi carísimo amigo Juan Rochetti Arancibia. No hay nada que escape a su inagotable memoria. De todo se acuerda, como si ayer hubiera sucedido. Caminar con él, por las calles de nuestra Tacna, es un placer. Además es temeroso del Gran Arquitecto del Universo, no descuida sus deberes con la iglesia católica, parroquiano de San Pedro y colaborador como el que más. Eterno relacionista público de la Casa Degli Italiani, que para los fastos del 2 de junio se prepara, todos los años, con anticipación. Este año, por razones realmente de fuerza mayor, fallé y no acudí a la gentil invitación que me hizo el presidente de la Casa, instado, qué duda cabe, por el buen Juanito. Qué bien que sirvan de corolario estas líneas a las dos crónicas anteriores. Alguna vez el generoso José María "Chema" Salcedo dijo que si yo no sabía algo, de Tacna, se entiende, es porque no existía. Yo traslado esa gentileza a Juan Rochetti. Si él no sabe algo de Tacna, y los tacneños, es porque no existe. Y punto.
En esta relación acuso recibo de un mail, de un tacneño amigo que se encuentra lejos de su tierra. Me refiero a Mario Bacigalupo Sotillo, quien trabaja en el continente africano, en proyectos para la UNICEF. Más exactamente en Madagascar, donde hasta hace poco estuvo varios años, contribuyendo a mejorar el nivel de vida de los niños, otro tacneño inteligente, Francisco "Yeyo" Basili. Mario Bacigalupo está probando que nadie es profeta en su tierra y que, a veces, hay que ir bien lejos para serlo. Bien por él y suerte.
Mario, comentando una de mis crónicas, me hablaba de su padre, don Giovanni Bacigalupo, que trabajó muchos años para la compañía minera Southern Peru y que, en su juventud, integrara la selección tacneña de fútbol de 1952 y jugara por el emblemático club Bolognesi, hoy de capa caída a punto de resbalar al abismo.
Qué mala suerte tenemos con esto del fútbol, el más popular de los deportes, que le dicen. A nivel de selección vamos coleros en las eliminatorias para el mundial de África y, a nivel nacional, nuestro cuadro es el último de la tabla. Tras cuernos, palos.
Hoy van muy bien en la tabla sudamericana equipos de países que hace años no existían futbolísticamente hablando. Un ejemplo de ello es Venezuela. Recuerdo, en mi ahora lejana infancia, haber visto jugar a futbolistas brasileños de la talla de Gilmar, Djalma Santos, Vavá, Pepe, Zizinho, Didí; argentinos, como Rogelio Domínguez, Amadeo Carrizo, Vairo, Dellachia, Corbatta, Sivori, Maschio y el grande Néstor Raúl Rossi; uruguayos como el genial, pero malcriado, Ambrois; chilenos de la talla de Misael Escutti o Caupolicán Peña y, entre los coleros, al grande "Caimán" Sánchez, arquero colombiano, que brilló frente a la recia selección de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, en el mundial de Chile 1962, más precisamente en la sede Arica, en el recién inaugurado estadio Carlos Didbort. Entonces, ante el asombro mundial, a ritmo de porro y cumbia, con el quimboso "Maravilla" Gamboa, ganaron los colombianos por la mínima diferencia. Pero ganaron. Fue un golpe muy duro para los soviéticos ?entonces existía la URSS?, cuyo arquero Yasin era una muralla que parecía imbatible. Del Ecuador casi no se hablaba, en aquellos lejanos años. Salvo por Larrás, un delantero empeñoso, no eran nada. Bolivia simplemente no asistía a disputar los sudamericanos.
El clásico del Pacífico fue siempre protagonizado por Perú y Chile. En aquel sudamericano que vi casi completo, repito, en mi infancia, vencimos a los mapochinos por dos a uno. Uno de los tantos lo anotó Vides Mosquera. Recuerdo en el arco a Rafael Asca, reemplazante de Rigoberto Felandro; a Carlos Lazón y Joe Calderón; a los compadres Guillermo Barbadillo y Valeriano López; al gringo Alberto Terry y al ya nombrado Vides Mosquera. Era la época en la que se usó, por mucho tiempo, la fórmula clásica arquero, tres defensas, dos mediocampistas y cinco delanteros. Se lucían todos y el centrodelantero era un ariete, para emplear una figura.
Pasando a otro asunto, cuando escribía sobre los amigos de la Asociación Filatélica y rememoraba aquellos tiempos, no muy lejanos, en los que remitíamos cartas, anoto que era yo un gran escribidor de cartas que enviaba, la más de las veces, a las radios que sintonizaba cuando la "estática" lo permitía. Los jóvenes que leen estas líneas se preguntarán a qué le llamábamos "estática". Para escribirlo técnicamente digo que es, en radiotelefonía, las oscilaciones eléctricas parásitas que se producen en la atmósfera y que se manifiestan en el receptor en forma de chasquidos y silbidos. Las radios funcionaban con tubos que tenían que calentarse, un tiempo prudencial, para que se sintonicen las emisoras. Sin satélites ni transistores, no había otra forma.
Esas radios, de países lejanos, me permitían, como decía Cortázar, dar la vuelta al día en ochenta mundos, en mi dormitorio. Entonces no tenía biblioteca. Las radios que prefería, joven y rebelde, eran Radio Habana; Radio Moscú, sobre todo cuando emitían su programa "Escucha Chile", a poco del derrocamiento del presidente Salvador Allende; la BBC de Londres, en sus emisiones en español; la holandesa Radio Neederland; la argentina Radio Splendid y la chilena Radio Cooperativa Vitalicia, que así se llamaba.
Algunas veces me contestaban las cartas y hasta, como en el caso de la radio holandesa, me enviaban grandes carretes con cintas grabadas, que eran una novedad para la época. En esos casos tenía que ir a una, de las tres emisoras que existían en Tacna, para poder escuchar los contenidos que eran siempre, o casi siempre, conciertos. Los soviéticos me llenaban de propaganda comunista que ocultaba o destruía para evitarme problemas en aquellos años en los que nombrar a los rojos era motivo de sospecha. Bueno, así, burla burlando, he ido contando cosas, experiencias, lo que se me viene a la mente antes que todo esto sea barrido como la hojarasca que deja el otoño. Vale.