La víspera de San Valentín me arremete, me hace decir: ¿Será posible, amor, será posible? Claro, depende en que campo, aunque los "sexogenarios" tenemos más de lo segundo que de la raíz de esta expresión que no está en ningún diccionario.
Será posible, por ejemplo, que la educación sea importante y obligatoria, que más de diez millones de niños y adolescentes vayan a la escuela, que casi todos puedan conversar después en inglés, que alrededor de 2 millones de jóvenes terminen una formación profesional y dos millones estudien en la universidad.
Que la mayor parte de los puestos de trabajo se ofrezcan en la pymes: alrededor del 70 por ciento, que las pymes sean la columna vertebral de la economía, que el 99.7 por ciento de las empresas pertenezcan a este grupo.
Que compremos millones de libros al año, que vayamos millones de veces al cine, que cientos de millones de veces vayamos a los museos, que asistamos millones de veces a partido de fútbol.
También que más de las tres cuartas partes de nuestra población haga turismo, que trabajemos en promedio sólo 41 horas, que vivamos en una sociedad abierta y diversa en la que las formas de vida sean dignas, que la mayoría tenga un techo ya sea propio o alquilado, que nadie se muera por el dengue, en fin.
Esta posibilidad es un sueño para nosotros, pero una realidad para un país como Alemania, tal como me comentó un amigo alemán que hace un voluntariado en el Perú.
Todo esto, en lo que ellos tienen como uno de los pilares, la sostenibilidad, una sostenibilidad que exige pensar a largo plazo en materia de política educativa y medioambiental, de economía y finanzas.
Entretanto, en medio de mi mediocridad, me voy a soñar lo que será imposible para mí, tener un día loco de los enamorados. ¡Feliz día, Chichi!