El siglo pasado, en plena Segunda Guerra Mundial, se incubó una siniestra logia: la sociedad Vril, que era una secta nazi que manejaba el esoterismo y las ciencias oscuras, con una sola finalidad: la búsqueda del poder total, ese infierno que había dibujado Adolfo Hitler en aquel espantoso Tercer Reich.
En 1871, Bulwer Lytton publicó una extraña novela titulada "The Coming Race" (La Raza Venidera). El texto -tal vez fantasioso-, decía que los zanoni suplantarían y conducirán a los elegidos de la raza humana a una formidable mutación. Como el mal no descansa, Karl Haushofer, hizo que los bosquejos literarios alcanzaran su real dimensión.
La logia Vril estuvo integrada por budistas, ex adeptos de la Golden Dawn, teosofistas... ellos desarrollaron una amplia actividad con la meditación, la lectura de libros hindúes, todo con el fin de despertar esa energía atrapada en el mundo tridimensional y bélico de ese entonces. Ellos perseguían la iluminación absoluta o el nirvana, y no escatimaban mecanismos para llegar a ella; inclusive planteaban la idea que esa vil empresa contaba con el apoyo de extraterrestres. Datos históricos especulan que los Vril llegaron a probar sofisticadas naves en plena guerra mundial, y que muchos de los armamentos que usaban tenían tecnología interplanetaria. Cuando los aliados y los rusos tomaron Berlín, se apoderaron de planos espectaculares: naves en formas de discos y otros imposibles de ser detectados por cualquier radar. Se dijo que esos países se llevaron esos proyectos y los desarrollaron.
Trascendió que Hitler, en su pérfida idea de implantar su raza aria frente a las demás, firmó un pacto con lo escuro, que le permitió expandir su holocausto en Europa.
Algo similar, con otro interés subalterno -a miles de kilómetros de la Europa espantada y a casi dos siglos de aquella pesadilla-, en Puno, se ha gestado una sociedad secreta: dos coroneles de la Policía, valiéndose de sus asquerosos galones se coludieron para insultar ese uniforme percudido que cubre sus géneros.
Uno de ellos enfocó sus ojos en una novel suboficial a la que persiguió hasta el cansancio. Hizo de todo para satisfacer sus bajas pasiones... lógico, para ello no pensaba con el cerebro; sus emociones gobernaban sus juicios, si algunas vez los tuvo.
Ella, cansada de tanto hostigamiento y presión, decidió denunciar el acoso, creyendo que su institución la protegería, pero no. Todo lo contrario, pues este viejo verde, tocó las puertas de su promoción, otro coronel que llevaría las investigaciones, y en la penumbra acordaron darse la mano, y lo hicieron ante el asco de su cuerpo y la sociedad.
Lejos de haber realizado pesquisas imparciales y concretas, el órgano de control -que debería velar por la disciplina en la Policía-, se coludió con su compadre y pidieron la cabeza de la indefensa víctima.
Por si acaso no lo sabe el asqueroso protector, el otorongo que huyó de Puno tras burlar la dignidad de una dama, hizo lo mismo en Ilave: se metió con la mujer de un suboficial y para evitar que éste se dé cuenta o le haga roches, lo envió a los confines a prestar servicio. Parte de esos bajos instintos son celosamente guardados en un par de mail (correos electrónicos) que el romeo engalonado le giró a su víctima en tierras aymaras.
Entonces ya sabemos, allí se gesta una oscura sociedad. Como los Vril y los nazis, ese par de oficiales siniestros van camino al ocaso y su gente que hoy le tiene miedo, escupirá sus nombres. Si los de la secta nazi manejaban como símbolo la esvástica o cruz gamada, los sucios de hoy, apestan con sus seis tallarines en su solaperos, pero no para siempre.

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