Lo propio de una campaña política es la división, la confrontación de ideas, el faccionalismo. Es natural que los candidatos se enfrenten intentando imponerse a sus enemigos políticos. Sin embargo, en un escenario altamente polarizado, con muertos y heridos de por medio, el candidato que apele al bien común será el que mejor encarne lo que necesita el país. El pueblo tiene una voluntad volátil, cambia constantemente, un día quiere orden y al día siguiente abraza la anarquía, se rebela contra la autoridad. Llama al cirujano de hielo y luego denuncia al hospital. Por eso, el candidato que ofrezca una autoridad basada en el bien común, una autoridad que lo trascienda en el espacio y en el tiempo, representará mejor la voluntad volátil del pueblo, lo ayudará de manera más plena, fortalecerá el sistema alejándonos de la anarquía.

Apelar al bien común implica aplicar el principio de realidad. No se puede estar todo el tiempo insultando a todos. Necesitamos forjar los pactos mínimos de convivencia que nos permitan asegurar el Estado de Derecho. Nunca más se debe violar la presunción de inocencia, el orden constitucional, las garantías que nos permiten alejarnos de la selva. Sobre la ruina democrática que nos dejaron las facciones tenemos que enseñarles a los partidos a pensar en el bien común, a buscar un mínimo plan nacional, aspirando como sociedad al desarrollo, la libertad y la paz. Y al hablar de libertad no hablamos del egoísmo luciferino que sacrifica todo ante el altar de sus caprichos. No, la verdadera libertad siempre piensa en el bien común, en los que nos rodean, en lo dulce y honorable que es morir por la patria.

Restablecer el bien común implica perdonar al enemigo, no destruirlo como lo intentaron los odiadores de la progresía. Fracasaron en su momento por pensar solo en ellos y no en aquello que era bueno y noble para el Perú.