En un acto de inusitada franqueza, nuestro flamante Mandatario ha reconocido que "gobernar es muy difícil". Lo que le falta descubrir es que todo el poder que cree tener es sólo aparente. En el siglo XIX, Marx pensaba que quien poseyera las herramientas y la tecnología -los medios de producción- controlaría la sociedad. Pero el futuro le jugó una mala pasada. Al final, no fueron ni los burgueses ni los obreros quienes se quedaron con el poder. Tanto en las naciones capitalistas como comunistas fueron los burócratas los que tomaron el mando. Si el concepto "poder" puede ser definido como la capacidad de hacer que ocurran ciertas cosas o impedir que sucedan otras, entonces no es la propiedad lo que importa, sino el control.

En las grandes actividades empresariales o estatales, donde cada día la especialización es más compleja, no mandan ni los accionistas ni los políticos, sino los ejecutivos de carrera y los expertos, que merced a su conocimiento de los problemas están en capacidad de moldear y controlar a los ignorantes improvisados que "dictan" órdenes detrás de un gran escritorio de caoba. Fue de esta manera -aquí y en todas partes- como surgió una élite cuyo poder descansaba en el control de los engranajes del Estado. Esta élite, que está enquistada en todos los rincones del aparato gubernamental, es reacia al cambio, al mundo de los reflectores, y no tiene ningún interés en figurar en los libros de Historia.

Lo verdaderamente importante para ellos es la permanencia, el control de los hilos de la maraña administrativa, el placer de saberse insustituibles. Este poder (que recibe al poder chúcaro que viene de las calles, que lo civiliza, que lo encauza y finalmente lo despide por la puerta trasera cuando su tiempo ha vencido) sólo hace como que escucha, pero se ríe siempre de la fatuidad de sus inquilinos precarios. Ésta es la razón por la que la arquitectura básica del poder permanece siempre inalterable.

Si Humala cree que porque ganó las elecciones ha conquistado el poder, y que es suficiente gritar para ser obedecido, está por llevarse una sorpresa. El carecer de una teoría para manejar el Estado en condiciones de democracia es un agujero negro en su cultura política que ningún voluntarismo puede solucionar.