En esta crónica dominical no me referiré a los callejones que son parte indisoluble de la campiña tacneña, deaquellos laberintos de ensueño, moradas de la buganvilia,como los he llamado en uno de mis poemas o evocándolos
en otras páginas en las que recordaba mi dulce infancia vivida entre geranios, vilcas, cañaverales, eucaliptos y acequias
que, por doquier, llevan el rumor del Caplina a quien quiera oírlo, sobre todo en estas tristes mañanas del otoño.
Esta vez escribiré de algunos callejones que llegaban a la urbe, como brazos extendidos de las chacras o pasadizos por los cuales transitaban las buenas gentes de la pequeña ciudad en busca de la suprema libertad, del
silencio, de la mañana atravesada solamente por el canto de los gallos o los lejanos ladridos de los perros que
custodiaban las heredades, perros que parecían tener
orgullo de su rol de centinelas.
Empiezo recordando el angosto y pedregoso callejón
Arica que, en la parte baja de la ciudad, en aquellos años,
al inicio de la alameda Bolognesi, nos invitaba a internarnos
por él hacia el «Hípico», la «Agronómica» y, más allá, al
cerro Arunta.
A los vecinos de ese sector no les agradaba que a su
calle la llamaran con el nombre puro, genuino, inocente de
callejón, como lo entendemos los tacneños, no los limeños
para quienes callejón tiene otro significado. Repito, lo
tomaban, esos tacneños, como que se menospreciaba a su
barrio. En el callejón Arica vivían conocidas familias tacneñas.
Entre las viviendas se destacaba la quinta Violeta,
señorial, hermosa, de la familia Canepa-Dávila que, en sus
amplios y perfumados jardines, lucía una graciosa pileta.
A la altura de la novena cuadra, de la avenida Bolognesi,
y hacia la derecha, el callejón de Paja, empedrado
también, era angosto y nos llevaba a la Pampa de Morón.
La familia Velásquez, natural de Calana y de indudable
origen español, tenía en él su residencia y vecina a ellos
estaba la quinta de Juan Bernardi, un italiano que, en la
esquina con la alameda, era propietario de un pequeño
almacén. Veo, en lontananza, los rostros de los italianos
Bernardi cuyo hijo es el sacerdote Ernesto Bernardi Rossi.
Hoy ese callejón se amplió, se pobló, se modernizó y
cambió de nombre. Se llama calle Pacheco de Céspedes,
en honor al guerrillero cubano que luchaba junto con el
Coronel Gregorio Albarracín, resistiendo a los chilenos,
después de la toma de Tacna. Del apellido de aquel Paja,
que habitara antaño esos pagos, y que por mucho tiempo
le diera su nombre a la angosta vía, hogaño nadie se
acuerda.
Caminando por la alameda Bolognesi, hacia arriba, nos
encontramos, a mano izquierda con una arteria que desemboca
en el barrio Alto de Lima e, inclusive, sigue hasta la
avenida Coronel Mendoza. Es el famoso «callejón de las
Siete Vueltas». En una esquina vive la familia, de origen
italiano, Repetti. Ahora ese callejón se llama calle Cajamarca.
Perdió su poético y misterioso nombre que nos obligaba,
a los chicos curiosos, a comprobar si, en efecto, había
en el trayecto siete vueltas.
El callejón de las Siete Vueltas fue el escenario de
varios asaltos y golpizas que, en la época de la ocupación
de Tacna, los chilenos llamados «mazorqueros»,- por
atacar en grupo-, propinaban a los tacneños. Fue en este
sector de la ciudad en el que golpearon, hasta la muerte al
humilde vecino Manuel Espinoza Cuéllar, uno de los mártires
de la resistencia peruana en aquellos duros años.
Si bien los callejones que he nombrado estaban muy
cerca de las chacras o nos conducían a ellas, encontrábamos
uno que estaba ubicado en el corazón de la romántica
y pequeña y culta Tacna. Era el «callejón del 65». Con ese
nombre lo conocí en la infancia. Se llamaba así como lo
llamaban los tacneños viejos pues fue el escenario de la
muerte de varios tacneños que, en defensa de la constitución,
se rebelaron contra el poder central en el año 1865.
Anteriormente, afirma el historiador Luis Cavagnaro, se
llamó «callejón de las Mur», pues en ella vivía una familia
española que así apellidaba. Hoy día, a esas dos cuadras,
en las que antaño estaba el «arquitecto» Salas, la sastrería
del señor Gonzales y la tienda de don Germán Berríos y
hoy está llena de «pubs», ambulantes y casinos, se le
denomina Pasaje Libertad. Bueno, lo de Libertad evoca la
gesta de 1865.
Ese sabor urbano de la Tacna que se fue muy bien la
describe el doctor Jorge Basadre, en su delicioso libro
INFANCIA EN TACNA. Allí leemos «Aunque con una
fisonomía netamente urbana y rasgos de civilidad sencilla
y de innato señorío, Tacna vivía muy cerca de la campiña,
entraba en ella como si la considerase parte de la morada
urbana y recibía constantemente la visita o el mensaje
rurales... En las calles se solía respirar un olor a fruta y a
flor. Cerca de muros y balcones, de verjas y patios, de
glorietas y quintas florecían geranios, alhelíes, lirios,
claveles, rosas, nardos, azucenas, jazmines, hortensias,
heliotropos, juncos». (*)
Esta pobre crónica evocativa la redondearé copiando
una estrofa del poema CALLEJONES TACNEÑOS, de mi
inolvidable amiga Carmen Cafferata de Benavides Freyre.

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