Antes de ayer se cumplieron doscientos años del nacimiento de uno de los científicos más brillantes que registra la historia: Charles Darwin, y ciento cincuenta de la publicación de su obra magna: Sobre el origen de las especies.
Este monstruo de la inteligencia explicó en forma muy simple -conjuntamente con su menos conocido amigo y hombre de ciencia, Alfred Russell Wallace- cómo las especies cambian y evolucionan en virtud a la selección natural y a la supervivencia del más apto, y que esto se debe a necesidades nuevas que eliminan las variaciones desfavorables y, por lo tanto, a quienes no se adaptan. Esta teoría -considerada ahora ya como un hecho absolutamente demostrado, gracias en parte al descubrimiento de la molécula del ADN y a la genética molecular- contribuyó enormemente al "desasnamiento" de la humanidad. Nos extrajo del oscurantismo medieval a nuestros tiempos. Allá quedó el ridículo creacionismo (hoy edulcorado con el nombre de diseño inteligente para que parezca científico) aún cultivado por algunos loquitos religiosos. Así, Darwin rubricó el acta fundacional de la biología como ciencia. Su obra continúa siendo la base de la síntesis evolutiva moderna.
Darwin explicó cómo los seres evolucionan debido a millones de modificaciones aleatorias que se van acumulando a través de las generaciones. Trató la evolución humana y la selección natural en su obra El Origen del Hombre y de la selección en relación al sexo. Dedicó también mucho tiempo, y publicaciones, en investigaciones sobre botánica.
Como reconocimiento a su obra, fue uno de los cinco personajes del siglo XIX no pertenecientes a la realeza británica que fue honrado con funerales de Estado. Yace en la Abadía de Westminster, cerca de Isaac Newton y John Herschel.
El matrimonio Darwin tuvo diez hijos. Dos de ellos murieron en la infancia. Charles fue un padre muy cariñoso. Sus hijos sobrevivientes tuvieron carreras distinguidas. Horace, Francis y George, como su padre, llegaron a ser miembros de la Royal Society. Su hijo Leonard, soldado, político, economista y eugenecista, murió el 26 de marzo de 1943.
Soy "fan" de Darwin, conjuntamente con mis otros cuatro héroes: Isaac Newton, Nicolás Copérnico, Galileo Galilei y Albert Einstein. Newton -qué duda puede caber- fue el más grandioso monstruo intelectual de la historia de la humanidad. Fue el Padre de la astronomía, de la física, de la óptica y de las matemáticas. Todas estas ramas de la ciencia se incrementaron, como conocimiento humano, más de veinte veces desde la existencia de Newton. Que sea fanático de estos hombres no me hace olvidar el genio de Watson y Crick (ADN y genoma humano) que tanto han contribuido en apuntalar a Darwin.
Vaya desde esta columna mi más profundo homenaje y respeto a Charles Robert Darwin, el hombre que consiguió que los pobres humanos nos comprendiéramos más, por encima de cualquier paparruchada religiosa.
A propósito de mis "héroes", debo recordarles que recién durante el reinado de Juan Pablo II el Vaticano sacó de los infiernos a Galileo y pidió disculpas al mundo. Esto quiere decir que hasta ese Papa, el Sol giraba alrededor de la Tierra. Como nota al margen, diré que Juan Pablo II se negó explícitamente a perdonar -por el mismo delito- a Giordano Bruno, a quien se le atravesó un clavo por la lengua antes de ser quemado vivo. Tanto para la santa madre iglesia católica. ¡Es decir!

El caso Eluana: He recibido el correo electrónico de un amigo (no estoy autorizado para revelar su nombre) y que reproduzco a continuación:
"El ?caso Eluana? y la ikntromisión de la Iglesia y el Poder ejecutivo:
Como todos sabemos, el cerebro de Eluana Englaro murió hace 17 años en el accidente de tránsito que sufriera. Gracias a la ratificación del Tribunal Supremo italiano de la sentencia del Tribunal de Apelaciones de Milán para que permita morir al resto de su cuerpo, se le dejó de dar alimentación e hidratación intravenosa desde el viernes 6. Sin embargo, el "milagrosamente converso" Primer Ministro italiano Silvio Berlusconi, por presiones del Vaticano, estuvo tratando de evitar eso por medio de una ley especial que estuvo siendo discutida en el Parlamento de su país. Demasiado tarde. Ella, quien nació hace 37 años, murió hoy lunes 9 a las 20:10, hora italiana. Sin duda, si perdemos para siempre la conciencia, nuestra vida como seres humanos racionales ya está terminada. No hay milagro que cambie eso. Eluana no sentía alegría ni pena, no sentía nada pues su cerebro estaba muerto. Los únicos que sufrían eran sus allegados, sus familiares y naturalmente sus padres, quienes sabiendo de antemano la opinión de ella en un caso como el que acabó con su vida consciente, lucharon durante 11 años en las cortes de justicia para que se cumpla su voluntad. El caso de Eluana es un claro ejemplo de cómo, a pesar de los deseos expresos de un individuo a morir con dignidad, hay quienes arrogándose como los inequívocos maestros del bien y la moral, quieren impedir eso a toda costa, tratando de imponer su visión de la vida y la muerte a todos los demás".
No cabe comentario a lo dicho, salvo la cobardía de Berlusconi que pretendió violentar una sentencia del Tribunal Supremo italiano sólo para salvarse de la temida "excomunión" (*) que el Papa ordenaría. Bueno, todavía quedan cándidos que le temen a ese señor. Allá ellos.

NOTA: Se está volanteando en Arequipa un artículo mío pasado ("El cigoto y el purpurado (I)"). Conste que nada tuve que ver con ello, pero agradezco el gesto a quien se haya dado la molestia.
Hasta más vernos.
(*) Yo soy autoexcomulgado y no me produce la menor incomodidad.