Si hay alguna época de comparación con el terremoto de 1970 en Chimbote; el indicado es el actual. La ciudad luce gris, como después de una hecatombe. No contentos con la contaminación pesquera y siderúrgica, se soporta el smog de polvareda y anchoveta quemada, sumado al infernal sonido de los carros. El caos vehicular es un hervidero. La anarquía es una verdadera consagración gobernante.
Las empresas encargadas de la obra del agua y alcantarillado, trabajan en uno y otro lugar sin obedecer, al parecer, a un plan preconcebido. En una cuadra se han removido una y otra vez escombros a causa de fallas técnicas. Las pistas son dentaduras para los neumáticos. Los parches se han hundido o han sido restituidos defectuosamente. Las veredas se han carcomido. Chimbote luce un atuendo percudido, desgastado y plagado de parches.
Con la marcha de los comerciantes de "El Progreso", a la altura del Puente Gálvez, se creyó cándidamente que el problema vial mejoraría. Craso error. El tránsito vehicular, a no dudar es ahora un problema temerario. Si antes se esperaba ver pasar los carros por una sola vía; ahora tendrá que agudizar los sentidos por todos los poros del cuerpo, porque un tico o combi puede estar delante o detrás de un transeúnte. Los accidentes se han incrementado lo mismo que el estrés, y el humor de los chimbotanos es otro. El peatón, para cruzar de una acera a otra se ha vuelto un malabarista. Es todo un prodigio ir de una vereda a otra.
Los técnicos no han considerado el aumento vertiginoso del parque automotor. Los transportes distritales e interprovinciales que circulan por las avenidas José Gálvez, Pardo y Meiggs forman un collage de colores y tamaños.
Por otro lado, no debe olvidarse que por las pistas o carreteras carrozables, donde ahora transitan los vehículos, antes existieron pantanos. Las casas deben estar teóricamente construidas para afrontar un sismo, porque nuestro país está ubicado en el llamado Círculo de Fuego del Pacífico. Quien pase de compras por un establecimiento de una de las avenidas céntricas, experimentará un leve temblor cada vez que pasa un ómnibus o tráiler. ¿Saben nuestros técnicos que están socavando un suelo peligroso y que puede en algún momento colapsar? ¿Si sucede, quién será el responsable? ¿Nuestra alcaldesa es conciente de éstos hechos? La conciencia de pertenencia a Chimbote, se mide por el respeto a sus moradores.
Se ha hablado tanto de identidad y los primeros en agredir a nuestro puerto, son nuestras autoridades ediles. ¿Qué podemos esperar de las empresas que contrata? Chimbote necesita cambiar, por supuesto que sí; pero con respeto a sus ciudadanos.

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