LONDRES.
China y Turquía se encuentran en los dos extremos opuestos del Asia. Antes ambas fueron los principales imperios para dos grandes religiones (la budista y el Islam, respectivamente).
Sin embargo, nunca éstas han tenido una frontera común, aunque las dos sí compartieron un mismo vecino: la Unión Soviética. Cuando la URSS se descompuso en 1991 afloraron en los miles de kilómetros de estepas y desiertos que les separan 6 repúblicas musulmanas (5 de ellas de lenguas turcas).
Estos nuevos países buscaban orientarse hacia Occidente y hacia el capitalismo y por eso empezaron a reconstruir sus relegados, pero históricos lazos con Turquía. El desplome soviético produjo crisis económicas y guerras, y que luego EEUU invadiese Afganistán e Iraq. Esos dos procesos alentaron un nuevo nacionalismo pan-turco o pan-islámico.
Xinjiang significa en chino la "nueva frontera", aunque muchos de sus habitantes (quienes en su mayoría son mahometanos) prefieren considerarse antes que el oeste chino como el este del gran Turkestán. Beijing veta cualquier modificación de su territorio, pero una crisis en su economía o en su dictadura de partido único podría desencadenar el deseo de muchos de sus pueblos musulmanes de tener su propio Estado, como antes le pasó a la URSS.

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