Opinión

COLOMBIA Y EL CASTILLO DE NAIPES

COLUMNA: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ MACKAY

30 de Agosto del 2019 - 07:00 Miguel Ángel Rodriguez Mackay

Toda Colombia amaneció ayer dominada por el desconcierto y la incertidumbre. La razón: en la víspera había reaparecido “Iván Márquez”, el principal negociador de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), durante el proceso de paz que emprendieron el entonces presidente Juan Manuel Santos y los alzados, y que culminó con la firma de un Acuerdo de Paz (2016) ante los ojos del mundo y que hizo creer, principalmente a los colombianos y a sus hermanos de la subregión, que la paz no era una utopía, sino una realidad, luego de 53 años de haber quedado el país ensangrentado. Valiéndose de un video, “Márquez” ha hecho saber, junto con otros cabecillas, que el Estado los engañó y que, en consecuencia, ha incumplido el contenido del acuerdo. La disidencia de las FARC -no se conocen cuántos son ni las dimensiones de su capacidad de fuego- jamás va a mostrar todas sus cartas y ahora que se encuentran en la clandestinidad, mucho menos. La conclusión más visible que se cae de madura es que las FARC no han desaparecido como se hizo creer. Eso no es verdad, pero no solamente eso, lo que ya es dramático, sino que las FARC, que iniciaron sus acciones violentas contra el Estado colombiano en 1964, jamás lograron en la etapa de la negociación con el Gobierno una vocación de unidad como grupo. Por esta aparición más bien queda la evidencia de que siempre estuvieron escindidas, donde sus cabecillas andaban por cuerdas separadas y distintas. Esto último, además, desnuda su fragilidad y sus virulencias durante las negociaciones en La Habana. En realidad, fueron solamente a mostrar los dientes y hasta hacer creer a todo el país “cafetero”, que conoce a dimensión de la denominada “palabra empeñada”, de tanta elevación para quienes deciden negociar y cumplir lo pactado. A “Márquez” jamás le importó el derecho. Patear el tablero lo confirma delincuente terrorista. Al joven presidente Iván Duque corresponde ahora tomar el toro por las astas a fin de neutralizar a los disidentes con las armas del derecho -Ius imperium o poder propio del Estado-, pues, de lo contrario, todo se le puede ir de las manos. Su misión al llegar a la Casa de Nariño en 2018 era lograr la paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y lograr la pacificación total del país, pero ahora que “Márquez” habla de una posible cercanía con el ELN, su esfuerzo deberá ser mayor.

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