Israel ha congelado durante 10 meses la construcción de nuevos asentamientos en la franja occidental. La Autoridad Palestina, quien había exigido como condición para reanudar cualquier diálogo el que se parase toda nueva edificación hebrea en los territorios ocupados después de 1967, ha dicho que esta es una maniobra pues muchas obras en pie no serán paralizadas, así como tampoco ciertas construcciones en Jerusalén este.

El primer ministro Netanyahu ha sido cuestionado por su vice Shalom y por otros dirigentes de su partido Likud, quienes creen que esta medida debilita al campo sionista y no trae paz alguna. Sin embargo, los laboristas y el partido ultraderechista del canciller Lieberman ven con simpatía el nuevo giro.

Mientras sectores del Likud son reacios a cualquier forma de Estado palestino, Lieberman cree que hay que hacer una suerte de limpieza y partición étnicas a fin de que se permita la creación de un miniestado palestino desarmado que integre a ciertas zonas árabes de Israel y a las zonas palestinas (salvo las colonias hebreas allí existentes).

La Cancillería israelí dice que es hora que los palestinos no repitan el error de cuando se negaron a aceptar la división de Palestina hace 6 décadas y que acepten iniciar negociaciones para ir a una nueva partición. El viraje de Netanyahu se adapta a las presiones de un Obama que recibe el Premio Nobel de la Paz y busca evitar aislamiento internacional y el crecimiento del Hamas e Irán.