Entre la falta de seguridad y la corrupción están ahorcando al país, como lo demuestra la encuesta de Ipsos publicada ayer por El Comercio, que no hace más que refrendar la coyuntura tan desalentadora que tenemos en ambos rubros.
La novedad que arroja el sondeo es que la corrupción (57%) le ha volteado el partido a la delincuencia e inseguridad ciudadana (55%) y ahora -con creces- es el principal problema que nos aqueja en el entendido de la población.
Y no se necesita pensar mucho para entender este diagnóstico, porque el 60%, aproximadamente, de las noticias a nivel nacional gira en torno a las coimas que repartió la empresa Odebrecht en el Perú y sus receptores, en la mayoría de casos exautoridades del más alto nivel.
La salvedad también resulta interesante: la corrupción ha saltado al primer lugar como problema repulsivo; sin embargo, la inseguridad en las calles -en todas sus modalidades- aún es percibida por un 30% de encuestados como una emergencia diaria que estamos demorando en atender.
Y aquí viene la exigencia general al presidente de la República, Martín Vizcarra: si quiere desmarcarse de la inacción de su antecesor y acercarse al pueblo, que puede ser su mejor aliado ante cualquier contingencia, tiene que diseñar ya mismo una política de Estado que le ponga un alto al asalto a viviendas y negocios, secuestros, violaciones de niños, feminicidios, arrebato de celulares con muerte incluida y demás.
En su discurso a la Nación, el Mandatario empeñó su palabra en que la corrupción no tendrá más espacio. Hágase el milagro. O los milagros.


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