La semana pasada, el ministro de Economía, Elmer Cuba, confirmó que reducir el número de ministerios está en la agenda del Gobierno. Bienvenido el debate. Hoy tenemos 19. Hace veinte años eran 15. Más ministerios, evidentemente, no han sido garantía de mejores resultados. La economía parte de una premisa básica: los recursos son escasos y tienen usos alternativos. El Estado no escapa de ella.
Cada sol destinado a sostener estructuras innecesarias tiene un costo de oportunidad, pero el problema va más allá del gasto: la duplicidad de funciones y la fragmentación institucional elevan los costos de coordinación, dificultan la toma de decisiones y diluyen responsabilidades.
Durante años hemos respondido a nuevos problemas creando organismos, programas y estructuras, como si un organigrama más grande garantizara mejores resultados. Incluso se planteó crear un Ministerio de Infraestructura cuando la recientemente creada ANIN ya enfrentaba las limitaciones del propio aparato estatal.
Reducir ministerios puede generar economías de escala, concentrar capacidades y dejar más claro quién responde por qué. Pero cuidado: fusionar carteras para simplemente trasladar funcionarios, oficinas y problemas de un ministerio a otro sería apenas maquillaje. La evidencia internacional muestra que reducir estructuras puede generar ganancias de eficiencia, pero también que hacerlo indiscriminadamente puede afectar la calidad de los servicios.
Por eso, menos ministerios debe significar también eliminar duplicidades y burocracia redundante, fortalecer la meritocracia y la evaluación de desempeño, y acelerar la digitalización. No se trata solo de achicar el Estado, sino de hacerlo funcionar. Menos estructuras, sí; mejores resultados, sobre todo.