Nadie quiere vivir en una ciudad muerta. Nadie desea la atmósfera tóxica de la inamovilidad creativa. Aunque claro, las excepciones existen, las miserables excepciones de ideas cortas. Pero ellas no interesan hoy en esta columna. Interesa mirar el dinamismo de una Lima que poco a poco se despercude e intenta dejar de ser aquella urbe donde lo energizante y estimulante de lo cultural se subestimaba o despreciaba. Donde la imaginación era disuadida por la indiferencia.
Hace algunas semanas se clausuró la Feria Internacional del Libro de Lima, y el viernes pasado culminó el Encuentro Latinoamericano de Cine del CCPUCP. Ambos, los eventos más importantes del universo cultural de esta ciudad, nuestra ciudad. Sus logros han evidenciado el interés del público, desestimando la idea de una convocatoria minúscula o sólo para los odiosos cenáculos culturosos.
Cada uno de estos certámenes ha ido persiguiendo a lo largo de estos últimos años crecer en sus dimensiones de impacto. Y han crecido. Lo suficiente para plantear nuevos desafíos. Para dar saltos que los eleven a categorías más competitivas a nivel latinoamericano. Sin embargo, el salto está demorando en instancias donde se exige más, donde se podría apelar a mayor ambición.
La última Feria del Libro en Buenos Aires tuvo a Tom Wolfe como uno de sus invitados especiales. Eso sin mencionar la presencia de Saramago o Paul Auster en ediciones anteriores. En nuestra feria hubo presencias importantes en cuanto a invitados extranjeros, pero hasta el momento no ha visto la participación de nombres tan rutilantes. La feria va creciendo y con ella las necesidades de una Lima que espera mayor brillo.
Este año Mario Vargas Llosa fue el gol de oro: homenajeado en la Feria del Libro y en el Festival de Cine. Acá no hay discusión: fue crucial que nuestro escritor más importante provocara una explosión de interés. Que se formaran colas kilométricas en la Feria del Libro para obtener su firma y que el auditorio preparado para su presentación rebasara su capacidad. Él lo merecía y la gente también.
En esa senda, de nuevos desafíos, el Festival de Cine también podría plantearse nombres rutilantes e ir aspirando a medirse con otros festivales y dejar de ser los pequeños de la mesa. Conseguir la presencia de un Robert Redford o de un Brian de Palma daría una configuración superlativa, un nuevo rostro para una ciudad que va cambiando.
Nadie dice que es fácil. Es todo lo contrario. Nadie dice que han hecho un mal trabajo. Que se entienda que formular estas inquietudes no proviene del maleteo. Sencillamente es ejercer el derecho de imaginarse una realidad que quisiéramos ver. Interpretaciones contrarias a esto serán, casi con seguridad, una expresión del pataleo más intolerante. No importa. Ya estamos acostumbrados.

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