Alguna vez escuché a un economista afirmar que la psicología es la madre de la economía. La frase encierra una verdad: las decisiones económicas no responden únicamente a cifras, modelos o indicadores. También están determinadas por percepciones, emociones y expectativas sobre el futuro.
Cuando un gobierno entra, se abre una ventana de oportunidad. La renovación del liderazgo puede modificar el ánimo de los ciudadanos, recuperar confianza empresarial y generar expectativas favorables. Pero ese impulso tiene una característica: es transitorio.
La confianza no se decreta ni se sostiene con discursos. Necesita señales verificables, decisiones oportunas y resultados. Los inversionistas requieren predictibilidad; las empresas, condiciones para producir y generar empleo; y los ciudadanos, mejoras concretas en seguridad, servicios públicos y oportunidades económicas.
Por eso, los tradicionales cien días de gobierno constituyen mucho más que una fecha simbólica. Son la primera factura política y económica que la ciudadanía le presenta al mandatario de turno. No se espera que en ese plazo se resuelvan problemas estructurales acumulados durante décadas, pero sí que exista un rumbo reconocible, prioridades definidas y capacidad para ejecutarlas.
El actual gobierno tiene una oportunidad que no debería desperdiciar: transformar el beneficio inicial de la expectativa en confianza respaldada por hechos.
Porque las expectativas pueden impulsar temporalmente la economía, pero solo las decisiones consistentes permiten sostener ese impulso.
Los cien días no definirán el éxito de un gobierno. Sin embargo, mostrarán si existe voluntad de gobernar o simplemente de administrar la espera.




