Triste realidad la nuestra; tenemos que afrontar una situación política de inconmensurable trascendencia porque está en cuestionamiento y serio peligro la realidad de nuestro país.
Desde tiempos muy remotos venimos hablando de democracia y la seguimos defendiendo porque es la aspiración de todo el pueblo lograr que nuestra nación se desarrolle permanentemente y que este desarrollo se refleje en bienestar económico, social, cultural y de toda índole de nuestra población. Bienestar que parte de eliminar la pobreza y erradicar el analfabetismo, asentando una educación que permita a la ciudadanía obtener y desarrollar capacidades suficientes para lograr satisfacer sus necesidades y responder a las expectativas sociales de la comunidad. Sin embargo, estas aspiraciones no se concretizan en realidades, pese a que permanentemente escuchamos de los gobernantes que vamos avanzando, que todo está de maravillas y que el Perú es un país que sirve de paradigma actual para el resto de países.
Aparte de la cuestión educativa, que es muy grave y que perdurará en tanto no se cambie toda la estructura del sistema educativo, para que sea más funcional y permita una verdadera y sólida educación de todos los peruanos, pienso que el problema radica en la forma en que se está llevando la seudodemocracia de nuestro país.
La realidad es que estamos sometidos a los mandatos e intereses de grupos políticos que sólo se preocupan de alcanzar el poder para satisfacer sus propias aspiraciones y de asegurar su continuidad en el gobierno, con características de cacicazgos y de herencias políticas que hace que un grupo de gente dedicada a la vida política, transmita de generación en generación, sus ansias de gobierno, de poder y de figuración.
Otra de las manifestaciones de nuestra realidad política es de apostar por determinados líderes que aparecen eventualmente, con mucho entusiasmo y mayores promesas, pero que sucumben ante las presiones de los políticos de antaño que despliegan todos sus esfuerzos para recuperar el sitial perdido, tratando de bajar del pedestal a quien consideran como usurpador de sus derechos políticos y de sus posibilidades de seguir manejando a la nación. O, lo que es de mayor indignación, sucumben ante la ambición de la continuidad del poder o ante la corrupción.
Pero la ciudadanía casi siempre queda desairada y sin participación significativa. Permanentemente cifra esperanzas en nuevos gobiernos y cae en las mismas realidades de siempre. Vanas esperanzas; continuidad y letargo de expectativas insatisfechas; en tanto siguen las promesas, las vanidades, la demagogia y la permanencia de quienes dicen querer servir al pueblo pero que sólo obedecen consignas partidarias que aseguren el logro de sus aspiraciones, intereses y ansias de poder; sin importarles realmente las necesidades del pueblo, a quien logran apaciguar con unas cuantas obras que, a la postre, les trae, a dichos políticos, beneficios y réditos de los que siempre le han interesado.
Siento que la política debe tener un cambio significativo, en el que la ciudadanía goce de participación y de seguridad en el avance de sus aspiraciones. Para ello, considero que es necesario que busquemos nuevas formas de participación social, que eviten se perennice el poder de castas políticas, cacicazgos y supuestos derechos sucesorios en lo político; que permitan a la ciudadanía elegir sus representantes desde las bases y que aseguren el logro de las aspiraciones del pueblo.
Todos tenemos el deber y el derecho de contribuir en la búsqueda de soluciones que permitan delegación del poder a quienes realmente busquen y luchen por procurar el desarrollo de su pueblo, concretado en su comunidad local, distrito, provincia, región y país.
Basta ya de herencias y de castas políticas; basta ya de partidos políticos que estén conformados por gente ansiosa de poder individual o exclusivamente partidario; basta ya de cacicazgos; basta ya de demagogia; basta ya de gobernantes corruptos y de ambiciones particulares.

Luchemos por conseguir una verdadera democracia con participación ciudadana y efectiva representación en el ejercicio del poder político para la satisfacción de las necesidades individuales y colectivas reflejadas en bienestar general.