El pensamiento de Santo Tomás de Aquino (1224-1274), teólogo y filósofo, es sin duda una de las cumbres más notables de la historia intelectual. Puente entre el aristotelismo y la urgencia de un soporte ideológico para la sociedad que emergía de la Edad Media, sus obras aún son consideradas, incluso por furibundos detractores, firmes pilares de una cosmovisión que intenta conciliar razón y fe. Por otro lado, no deben olvidarse los excesos dogmáticos en los que, con el paso del tiempo, incurrieron simples glosadores. Obviamente, el gran pensador escolástico no es responsable de tantas barbaridades.
El humanista iqueño Julio Picasso Muñoz (1939), reconocido por sus traducciones de Virgilio, Petronio, Boecio y Longo, entre otros autores -así como por sus investigaciones filológicas-, ha rescatado un opúsculo poco visitado que bien puede considerarse antesala para la visión panorámica del llamado tomismo. En efecto, El Maestro (Fondo Editorial de la Universidad Católica Sedes Sapientiae, 2008) expone los aspectos principales de esta corriente, tomando como punto de partida disquisiciones sobre el conocimiento de la realidad.
La traducción de Picasso, sobria y directa, como ya es costumbre, permite que el lector -incluso el no iniciado- identifique el núcleo. Por ejemplo: ¿Un hombre puede enseñar a otro o es sólo un intermediario de un agente mayor, en este caso, Dios? Acompaña al tratado una versión castellana de Cuestiones disputadas sobre la verdad, capítulo de la Suma Teológica -obra mayor del ilustre Aquinate- que se centra en los mismos asuntos. Es saludable el cotejo entre uno y otro texto. La detallada introducción, a cargo del propio traductor, cumple con su objetivo: ilustrar al neófito.
La solidez de este edificio de casi ocho siglos se aprecia con claridad. Es muy relativa la filiación confesional: seamos fieles o agnósticos, la genialidad argumentativa de Tomás de Aquino abruma. Para los políticos nativos, leerlo constituiría una absoluta regeneración de neuronas. Pero no pidamos imposibles.

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