A propósito del nombramiento del nuevo Contralor, han surgido controversias respecto de los grados o títulos que ostentan o que se "autoconfieren" algunas personas a pesar de que no les corresponden y más aún no les ha sido conferido legalmente.
Pepi Patrón, columnista de un diario nacional, en su artículo denominado "Algunas Conclusiones post entuerto" dice, entre otras cosas, que hay que llamar a cada cosa por su nombre; si alguna lección positiva podemos sacar de tan bochornoso episodio - refiriéndose a los papelones generados por los candidatos a Contralor - es que ya sería hora de que en nuestro país, al licenciado se le llame licenciado y al doctor, doctor. Tenemos la mala costumbre de llamar a todos los abogados, doctores cuando en verdad son licenciados. Ingeniero, abogado o psicólogo son títulos profesionales que permiten la inscripción en el respectivo colegio profesional. Las maestrías y los doctorados son grados académicos y son los únicos que permiten el otorgar esos títulos a las personas. Usarlos indebidamente es ilegal.
Las organizaciones profesionales deben actuar de oficio y dejar de "conferirse" grados y/o títulos que no les corresponden y borrar esa mala costumbre que también la usan los médicos de "ostentar" grados honoríficos "conferidos" por sus propios colegios profesionales.
Es tiempo de cambiar esos tradicionalismos que no conducen a nada y crean problemas legales de saber que es uno y que es el otro. Nos referimos al Grado Académico y al Título Profesional que son objetiva y legalmente diferentes.
La población debe saber que muchos o algunos abogados y/o médicos no son doctores; es decir, no han estudiado en ninguna universidad los años exigibles para ostentar el grado académico de Maestro (uno o dos años) o Doctor (dos años) y que en todo caso, se hacen llamar así con un sentido costumbrista que en muchos casos resulta distinguido para quienes se hacen llamar doctores.
Es discriminatorio hacerse llamar doctor sin serlo. Si señores. Nuestro reconocimiento para quienes verdaderamente lo son. Pero volvamos a la realidad, señores. Dejémonos de sabotear la susceptibilidad de las personas con información falsa que se trasluce por la simple apariencia o por la imposición social que hace de cada individuo una figura que no lo es.
Ya pues "Doctores" recuperemos la confianza, la capacidad y el profesionalismo no está en la ostentación de un grado que no se tiene sino en la credibilidad y objetividad que se tiene al momento de desarrollar la profesión.
Seguramente algunos amigos abogados o magistrados o médicos se van a sentir afectados; pero, eso no haría más que confirmar que el Principio de Caridad está por los suelos. Según el filósofo norteamericano Donald Davidson, si se quiere atribuir convicciones a una persona, ha de presuponerse que la mayoría de las convicciones de la persona son auténticas y racionales.

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