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Ayer se cumplieron 241 años del nacimiento del gran libertador Don José de San Martín. El argentino, que dio la independencia a su patria, a Chile y al Perú, es considerado una de las figuras máximas del proceso independentista en el continente, que desencadenó la formación de los Estados soberanos en las primeras décadas del siglo XIX, a propósito de la inmejorable coyuntura europea del auge napoleónico que llevó al emperador francés incluso a invadir España y promover, por la referida circunstancia, la formación de las denominadas Juntas de Gobierno en América, el primer paso político para desencadenar luego la independencia de los pueblos. Nacido en Yapeyú en 1778, un día como hoy, la valentía y los sueños americanistas de San Martín lo llevaron a liderar la empresa libertadora del sur que todos conocemos como Corriente Libertadora. Es verdad que San Martín tuvo una vocación monárquica -quiso traer un príncipe al Perú para el inicio de su vida nacional luego de 1821-; sin embargo, fue de los primeros en concebirla constitucional y no absoluta, es decir, en el sincretismo que hoy por ejemplo vemos en reinos como España o Marruecos. San Martín tenía muy marcada la influencia intelectual de la Ilustración del siglo XVIII, entre cuyos pensadores sobresalió el filósofo Montesquieu, quien pregonó la teoría de la separación de poderes. Su derrotero fue, pues, democrático -Estados Unidos también influyó en su proceso político- y por ello vio con buenos ojos la afamada Doctrina Monroe de “América para los americanos”, elaborada por John Quincy Adams, pero que fuera firmada por el presidente James Monroe en 1823. Junto a Simón Bolívar, el otro gran libertador de América, representa la más importante expresión del panamericanismo histórico en el hemisferio y su visión de la gobernabilidad tuvo enorme vigencia durante gran parte del siglo anterior. Si acaso San Martín estuviera vivo, cómo reprobaría, como muchos hombres de América, pegados al Derecho, que actualmente en la región todavía persistan dos naciones antidemocráticas y dictatoriales, como es el caso de Venezuela y Nicaragua, bajo el dominio de dos tiranos como Nicolás Maduro y Daniel Ortega, respectivamente.