Desde que el actor Johnny Knoxville y el director Jeff Tremaine saltaron de la televisión a la pantalla grande llevando incidencias similares a las de su popular serie Jackass, la fortuna les ha sonreído. Varias películas, incluyendo una en 3D, han dado cuenta de una diversidad de retos, pruebas de resistencia, peligrosas acrobacias y bromas pesadas, a cargo de Knoxville y su equipo de expertos colegas, acompañados generalmente por una cámara escondida en busca de la risa cómplice.
Las cintas de Jackass no desarrollaban ninguna historia, sino que estaban articuladas como una sucesión de episodios más o menos divertidos. Ahora Knoxville y Tremaine proponen un cambio sustancial en El abuelo sinvergüenza, su nueva producción, que es contar una aventura, un relato de ficción, sin dejar de lado la osadía y picardía, ni —obviamente— la cámara indiscreta.
El buen Johnny se convierte aquí, con ayuda del maquillaje y las prótesis respectivas, en Irving Zisman, un octogenario picarón que acaba de enviudar y se dispone a disfrutar de su nueva soltería. Sin embargo, la hija de Zisman, ante la posibilidad de volver a prisión tras violar su libertad condicional, le entregará la custodia momentánea de su hijo Billy (Jackson Nicoll), de nueve años. Situación que el viejo aceptará únicamente para llevar a su nieto desde Nebraska hasta Carolina del Norte, donde reside el poco confiable —y consumado drogadicto— padre del menor.
Se trata entonces de una 'road movie' combinada con la típica 'buddy movie', en la que dos personas que no se conocen o no se llevan bien deben juntarse por un determinado período de tiempo durante el cual encontrarán una cierta afinidad. Para el caso, el viejo Zisman y Billy no se soportarán al principio, pero poco a poco irán convirtiéndose en camaradas, en los perfectos artífices de una serie de travesuras, algunas bastante subidas de tono.
CÁMARA INDISCRETA
La gracia de la cinta radica en su espíritu irreverente y en el estilo semidocumental que lo explota con total desparpajo. En ese sentido, la permanente actitud provocadora de Zisman es la que da lugar a las bromas más entusiastas y logradas, sea en solitario (la escena en que se le atascan los genitales en una máquina de gaseosas o la secuencia del bar de estrípers afroamericanos, que culmina con un delirante baile del anciano) o en compañía del pequeño Billy (el concurso de belleza y talento infantil en el que se presenta atrevidamente disfrazado de niña).
Tremaine no le resta oportunidad de lucimiento al niño, pero lo hace en menor escala, prevaleciendo las actividades colectivas. Hay espacio para alguna que otra acrobacia exagerada que sorprenda al incauto público que ignora lo que ocurre, igualmente para la broma escatológica inesperada o los juegos de seducción callejeros con sucesivas transeúntes no siempre dispuestas a seguir la corriente.
La mayoría de episodios se muestran muy planificados, aunque por ahí uno que otro parezcan demasiado ensayados y en ciertos casos el realizador no consiga el mejor remate. Pese a los altibajos, Knoxville y su equipo salen airosos y el divertimento cumple su cometido.



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